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lunes, 6 de marzo de 2017

Cerraré los ojos

Un post de Balasero

















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Cerraré los ojos”.


Los cerraré. Contaré hasta diez y el demonio desaparecerá”.



Eva María lo tenía todo preparado para inaugurar su primer día de playa de aquél recién comenzado verano. Había pedido un adelanto de quince días en el trabajo y como las cosas tampoco marchaban bien en la empresa decidieron concedérselos sin poner demasiadas trabas. Sus amigas Ana y Mónica llegarían a La Pineda el viernes por la noche con lo cual disponía de tres días para ella sola. Para relajarse de las incertidumbres de la fábrica, olvidarse de los ERES, del mal ambiente que llevaba todo un año respirando y sustituirlo por el revitalizante aire de la costa. Necesitaba con extrema urgencia huir del insaciable y fagocita devenir urbano de una Zaragoza que se le antojaba cada vez más impersonal y asfixiante.


Y allí estaba dispuesta a recargarse las baterías y hacer únicamente lo que le viniese en gana. A saborear cada minuto y a ponerse al día con toda la lectura acumulada en los últimos meses. De hecho ya tenía un libro preparado en la desgastada bolsa de NIVEA que cada verano la esperaba pacientemente en el fondo del armario del dormitorio. “50 Desvaríos ocasionales”, era el libro elegido, un poemario escrito por una autora oscense, que ya había leído en la quietud de su piso zaragozano durante las noches invernales, recogida en una esquina del sofá de su salón bajo la amarillenta luz de la lámpara de pie con pantalla, heredada de su difunta madre. Le gustaba repasar sus páginas una y otra vez, por ese motivo decidió traérselo de vacaciones. Su intención era tenerlo como libro de referencia para momentos de soledad. Y siendo un martes de principio de junio no esperaba tener muchas interrupciones en la playa tarraconense, ya que tradicionalmente en La Pineda la gente solamente abarrotaba las salinas orillas en la última semana de julio y la primera de agosto. El resto del verano y entre semana apenas se contaban cien personas distribuidas a lo largo de los cinco kilómetros de caliente arena, eso tirando por lo alto y aquél año no tenía el por qué ser una excepción.


 El reloj de cuco colgado junto a la librería de pino acababa de anunciar las siete de la mañana, como siempre le pasaba tras un viaje, los nervios le habían ganado la partida al sueño y ya llevaba despierta un par de horas. Tiempo que dedicó en adecentar un poco el apartamento, no sin antes prepararse un café bien cargado con una magdalenas medio duras que reposaban desde la pasada Semana Santa en la caja metálica de galletas del estante sobre la nevera. Eva María nunca había comprendido por qué en aquella antigua caja de galletas las cosas tardaban tantísimo tiempo en echarse a perder.


Recostada en una tumbona de la terraza, con la faena terminada, apuraba un cigarrillo mientras se dejaba acariciar por la brisa de la mañana dedicándose a observar su sitio preferido de la playa, mientras pensaba con una sonrisa en los labios que debería reclamar al ayuntamiento la propiedad de ese rincón. Era la zona más pedregosa y por tanto la menos concurrida. Su "reino privado" se situaba junto al espolón de enormes rocas que se adentraba unos cien metros en el mar, separando la zona de baño con la cercana área del puerto de la refinería. Un enorme monstruo que presidía el horizonte con su obscena silueta de tubos y luces sin alma. Depósitos, herrumbre y malos olores era su legado a un litoral en donde atracaban enormes petroleros para desangrar su contenido, a través de sucios conductos hasta las avaras panzas de los gigantescos globos metálicos que nunca parecían estar saciados del oleoso manjar.


Los primeros y casi tímidos rayos de sol afloraban entre las nubes comenzando a acariciar las húmedas arenas de una playa invadida por inquietas gaviotas, que en grupos devoraban los restos desperdigados por la nocturna marea, ahora en retirada. Eva María comenzaba a creerse ella misma con aquellos primeros destellos de calor. Simplemente cerrando los ojos y respirando hondo, muy hondo el aroma del mar percibía ese nexo tan especial con la naturaleza que tanto tiempo había añorado. Se sentía parte de un todo. Un eslabón perfectamente  engranado en la maquinaria de la vida, al tiempo que muy despacito se iba reclinando en su silla hasta lograr apoyar los pies sobre la barandilla de la terraza, consiguiendo un estrafalario equilibrio, empero, su postura preferida. La quietud de la mañana y el revitalizante olor de la cercana masa salina no resultaban todavía suficiente estímulo como para apartar de la memoria el hecho de que su madre ya no pasaría ni un verano más en aquél apartamento.


Necesitaba como fuere exiliar aquél sentimiento de vacío y pensó en el bikini a rayas que se compró en una de las tiendas del Gran Casa. Eso de estrenar siempre le había encantado. Decía que un bikini nuevo traía buena suerte y éste lo había conseguido por un precio bastante ajustado. Contenta por la adquisición ya que pensaba gastarse más dinero, se hizo también con un gorro fucsia de amplio vuelo y a juego un fular de gruesas e imprecisas líneas granates y moradas. Ese día hubiese sido sin lugar a dudas el mejor del mes de abril si no fuera porque llegando a casa, feliz por su compra, recibió una llamada que borró por completo la sonrisa de su semblante. Su madre acababa de ser mortalmente atropellada en un cruce entre Sagasta y Goya.


Los recuerdos de aquellos terribles días sufridos dos meses atrás le asaltaron con vívida fuerza. Socavando sin que pudiese evitarlo a su ridículo intento de apartarlos. Hasta el punto de enflaquecer su ánimo, ensombreciendo la euforia vacacional recién estrenada. Dos lágrimas se escaparon del cerco de sus ojos, se las secó con rabia. No estaba dispuesta a dejarse llevar de nuevo por la tristeza, no allí, no ante su amada costa, no ahora que lo que necesitaba su joven aliento era la distracción que le ofrecían las trivialidades del entorno estival. Levantándose con genio se dirigió a la bolsa amarilla de NIVEA y cogió el ejemplar del poemario que tantas veces le había ayudado en aquellos días pasados. Los versos de aquél libro poseían el poder de reconfortar su espíritu, y lograban la magia de apaciguar sus emergentes estados de angustia como ningún otro había conseguido hacerlo.


"Ni persona alguna", se dijo.


Delicadamente separó las hojas sin mirar, siguiendo un ritual inventado por el azar para aquella publicación. Lo hizo el primer día que lo tuvo entre las manos y la maravilla encontrada le animó a seguir haciéndolo. Curiosamente siempre y cada una de las veces encontraba un poema por su inicio. Ese detalle le había llegado a maravillar, ella y aquellos “50 desvaríos ocasionales” poseían un pacto tácito que ambas partes respetaban y consumaban, convirtiendo el ritual en un juego excitante y divertido.


Ante sus ojos apareció el poema XLIV.


Una sonrisa de complicidad se dibujó en su cara, era como que el libro supiese cuál era el texto que necesitara en cada momento.



"Una nube oscurece el perfil de tu esencia
llega turbia con la noche
tu sol escapa en la tormenta
fría intensa tu sonrisa tiesa.
Nube entristecida y sola
negra como las fauces de un tigre
ríe como las hienas.
Cree que ha vencido al frío
piensa que ya no regresas.
No hay furia en esta noche
sólo una infinita espera".


Cerrando el libro quedó un buen rato pensativa, inmersa en su mundo interior, desligándose de la realidad por completo, sucumbiendo entre las brumas de su oscura nube. El cigarrillo que tenía entre los dedos se consumió por completo sin que ella se diese cuenta. La ceniza cayó al suelo originando una notable estridencia que le hizo volver de su trance. Le había parecido que el vaso de café se había hecho añicos, sin embargo ahí estaba sobre la mesa, tan tranquilo. Se apresuró a apagar la colilla que comenzaba a chamuscarle los dedos mientras se miraba la ceniza del suelo.


"¿Cómo es posible que haya hecho tanto ruido?".


Creyó que algo en la calle, cuatro pisos más abajo, había tenido que producir ese sonido atronador, su subconsciente habría relacionado el sonido exterior con la ceniza y el cigarrillo que la comenzaba a quemar, seguro. Se asomó, pero la calle estaba en total calma. Sin entender nada se encendió otro pitillo y se fue para la cocina a ponerse más café. Estaba claro que aún estaba dormida.


Al regresar a la terraza la ceniza no estaba en donde la había dejado, echó una mirada y la vio reptando como un gusano en dirección al murete separador que delimitaba la frontera entre la terraza y la de su vecino. No daba crédito a sus ojos, no podía hacerlo. Pero aquella reptante ceniza siguió su camino perdiéndose por el agujero de desagüe entre ambos balcones. Corrió hasta allí y agachándose hasta tocar con la mejilla en el suelo miró por el sumidero, al otro lado no vio nada más que la pata de una silla de plástico y una pequeña pelota roja. La visión que ofrecía el agujerito era claramente insuficiente así que arrimando la mesa contra el murete se izó sobre éste para tener una mejor perspectiva de la terraza contigua.


Allí estaba la infame ceniza/gusano que continuaba su sinuoso reptar. Los vecinos de al lado, una pareja francesa con un niño de unos seis años estaban desayunando. La mujer observaba entre bocado y bocado a una tostada con mermelada a través de unos binoculares, posiblemente en dirección a los petroleros que se acercaban por el horizonte. El marido leía despreocupadamente un ejemplar de "L'indépendant", dándole pequeños sorbos a una taza sin apartar su atención del rotativo, mientras el niño enredaba con unos gajos de naranja que tenía dispuestos sobre la mesa a modo de navíos enfrentados en singular batalla. La ceniza comenzó a subir por la pata de la mesa y ante su estupor terminó por introducirse en el bote de mermelada de fresa. Eva María no supo qué hacer, quiso advertirles, gritar algo pero permaneció callada. ¿Cómo decirles lo que acababa de pasar sin que la tomaran por loca?.


Bajó de la mesa y entrando en la vivienda se dejó caer en el sofá, anonadada por aquél suceso, intentando buscar una respuesta a lo que sabía escapaba a cualquier lógica. Tardó unos quince minutos en reaccionar hasta que decidió irse a dar un relajante paseo y luego pasar la mañana tirada en la playa hasta la hora de comer.






El cíclico sonido del romper de las olas contra la orilla resultaba algo hipnótico para sus sentidos, mantenía los ojos cerrados y plantándole cara al sol del mediodía se dejaba azotar por su inclemente calor recibiendo toda la vida que los elementos le regalaban. Consiguiendo a duras penas sentirse bien consigo misma, relajada y en comunión con el entorno. Podía estarse así durante horas, de hecho esa mañana para ser el primer día llevaba demasiado tiempo expuesta al astro rey y la cabeza comenzaba a dolerle. Dándose la vuelta le dio la espalda al sol, pero no al mar. Se encasquetó el gorro fucsia de amplias alas, bebió un buen trago de agua de la botella que guardaba en la sombra de la bolsa y echó mano al libro, a su libro. A aquél cómplice compañero que tan bien entendía a su corazón, pensando en cuál sería el regalo en forma de poema que le depararía su amigo para aquella tranquila mañana.


Abrió el libro con el cuidado de quién acaricia el rostro de un niño y ante ella apareció el poema XXII.


"Arrojo paladas de arena a los ojos de tus fieras.
Sumerjo mi mundo en la bruma oculta de la
espuma perfecta de este mar que te aferra.
Echo de menos tu agua bañando mis humildes orillas
agotada la fuente de tus besos
un día es un abismo entre tus corrientes marinas.
El mar seca y destruye mis playas
acantilados desnudos que no dejan recostarme en tu aura.
La arena entierra mis recuerdos
son falsos momentos de felicidad en mi cuerpo.
El mar me arranca violento de tu centro.
Echo de menos tu cielo
hundido en los rincones perdidos del tormento
el fuego eterno de unos besos asola mi firmamento".

"La arena entierra mis recuerdos", repitió para sí.
Ojala fuera verdad, ojala aquella perturbadora imagen de la mañana abandonase su mente, pero por más que intentara desviar la atención o distraer la cabeza la inquietante escena de la ceniza/gusano atormentaba su ánimo. Incluso llegó a preguntarse si al consumirla mezclada con la mermelada aquellos franceses iban a sufrir algún daño. Se dijo que aquello eran bobadas, que esas cosas no pasaban en el año 2013, para luego desdecirse pensando en que tampoco era algo habitual que la ceniza cobrase "vida" para irse de paseo a su antojo. Confundida se quedó mirando la línea difusa de un horizonte en donde se hacía imposible discernir cuando el cielo empezaba y cuando acababa el mar. Se sintió sola y perdida ante aquella inmensidad de agua marina.


"Echo de menos tu cielo".


Necesitaba a su madre junto a ella, el calor de sus sabios consejos, la arrugada y firme mano de aquella mujer que siempre con una caricia le había guiado por la senda de la razón, de la verdad, de la cordura.

Quería darse un baño, el último antes de abandonar la playa por hoy, pero sentía una inseguridad creciente dentro de su alma, llevaba un rato muerta de calor y no se atrevía a ese último baño, como si postergando el momento también retrasara la hora de volver al apartamento. No dejaba de repetirse que se estaba comportando como una tonta, que no pasaba nada, Que todo aquello tenía que ser una alucinación, una broma de mal gusto jugada por una mente atormentada y muy cansada tras el fallecimiento de su madre, por la asfixiante situación laboral y por la reciente ruptura con su pareja.  O quizá fue por el cambio de aguas o aquellas magdalenas revenidas de la caja metálica de encima de la nevera.

Estaba de vacaciones y el cielo sabía que bien merecidas, no estaba dispuesta a dejarse llevar ni un minuto más por aquellas paranoias estúpidas. Así que se levantó y corrió al agua, la sintió helada en los pies pero le dio lo mismo, necesitaba limpiar toda aquella basura de su mente y se arrojó de cabeza sumergiéndose medio metro y saliendo a la superficie con una sonrisa en la mirada. Nadó unos metros gozando del líquido entorno alejándose al interior, pero no mucho. La bandera ese día estaba izada y su color rojo indicaba que el mar traía fuertes corrientes bajo sus aguas.

Por un instante le pareció notar como una fría corriente submarina quería llevársela al fondo, pero ella estaba en plena forma y dando unas brazadas se apartó de su maléfico curso. Chapoteó alegre de su victoria cuando a unos sesenta metros de su posición le pareció ver algo agarrándose en la boya cónica que delimitaba la zona de baño con la de paso de embarcaciones de recreo a motor. Quedó quieta para fijar la mirada. Era un perro, parecía la cabeza de un perro que pujaba por mantenerse a flote, uno de esos de caza con grandes orejas marrones. Le dio un vuelco al corazón. Echó una mirada a la playa que permanecía desierta salvo por un grupo de ancianos que estaban demasiado alejados, en la torreta del vigía no había nadie, no se lo pensó más y dirigió su nado hacia el apurado animal.


"Pobrecito, debe estar muy asustado", pensó mientras aceleraba la cadencia de sus brazadas.


Le debían faltar como diez metros para alcanzar la boya cuando el animal posiblemente exhausto desapareció bajo las aguas, Eva María quedó por unos segundos flotando sin saber cómo reaccionar mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Se sumergió y comenzó a bucear en la dirección por donde había desaparecido el perro mientras en su mente se repetía una y otra vez.


"Vamos, tú puedes Eva, tú puedes Eva".


Lo primero que alcanzó a ver en la semioscuridad fue la cordada del anclaje de la boya.


"Bien", se dijo. "Te encontré".


Sintió cómo le empezaban a fallar los pulmones y tuvo que subir a coger aire, lo hizo y volvió a bajar en pos del can con la exigua esperanza de hallarlo con vida. A cada brazada la oscuridad que la rodeaba era mayor, los ojos le escocían, los pulmones se le quejaban, los músculos se agarrotaban por el frío que traían aquellas corrientes submarinas. Pero ella sabía que no podía volver a subir a por aire, no si quería sacar de allí al perrito. Dos metros más abajo vio la sombra del animal que caía suavemente hacía las profundidades, apresuró el buceo a sabiendas de que se la estaba jugando. Al límite de su aguante alcanzó el bulto, pero aquello no era un perro. No daba crédito y tampoco disponía del tiempo necesario para pensar. Aquello era un saco anudado de áspera tela. Creyó que igual el perro estaba dentro, ya que apenas pudo ver más que la cabeza junto a la boya, "¿pero cómo?", "si estaba cerrado", no podía irse sin comprobarlo. Lo abrió con el penúltimo resquicio de aire que albergaba en sus pulmones y lo que halló dentro hizo que lo soltara, hizo que su rostro se descompusiese de horror, hizo que sus pulmones expulsaran el último halo de aire que guardaban, hizo que la oscuridad invadiese su mente.


Diez gatos sin cabeza comenzaron a flotar hacia la superficie liberados de la prisión del saco pasando por delante de sus narices, de unas narices que ya no expulsaban graciosas burbujitas de aire, braceó mientras notaba como el agua invadía el interior de su cuerpo mientras la invisible fuerza de una fría corriente submarina la empujaba a la oscura profundidad. Miró para comprobar con pavor que no era una corriente lo que la arrastraba al abismo, era una sombra viscosa y helada que la miraba con ojos de fuego. Le pareció la sombra de la muerte.


"Cerraré los ojos".


"Los cerraré. Contaré hasta diez y el demonio desaparecerá".


El silencio y la oscuridad eran totales, sentía una suave brisa acariciando su piel desnuda, la paz era total, la sentía desde su interior, todo estaba en orden. Escuchó el tintineo de un tenedor batiendo huevos en un plato y un familiar olor a torreznos llegó hasta ella.


"Mamá", se dijo.


Eva María abrió los ojos, su bikini de rayas había desaparecido, se encontró completamente desnuda tumbada sobre el sofá del salón del apartamento, era de noche y la única luz que iluminaba la estancia era la de la cocina. Unos sincopados pasitos llamaron su atención. Al girar la cabeza vio como una gallina con cabeza de perro se acercaba hasta ella. La gallina con cabeza de perro comenzó a lamerle la mano con cariño.


"Dos", dijo ella con alegría y rodeando la cabecita con ambos brazos le dio un sonoro besote en toda la frente. Era el perrito que tuvo de niña.


El perro/gallina la miró con nostalgia mientras decía.


"Te he echado mucho de menos".


Eva María palmeó su cabeza. "Yo a ti también pequeño".


Se levantó y se dirigió a la cocina seguida muy de cerca por Dos que meneaba su cola de gallina como un loco. Abrió la puerta de cristal opaco y allí estaba ella, los ojos se le llenaron de lágrimas de pura emoción, no podía dar ni un paso de lo sobrecogida que estaba.


"Mamá...", comenzó a decir entre lloros.


"Mamá...te quiero tanto".


La madre le miró con un reproche en el gesto, dejó la fuente donde batía los huevos sobre la encimera, apartó la sartén del fuego, secó sus firmes y arrugadas manos en el delantal.


"Hija mía", dijo dirigiéndose hacia ella.


La rodeó muy fuerte con sus viejos brazos, ambas se abrazaron y comenzaron a llorar mientras Dos, el perro/gallina, daba vueltas alrededor de las dos mujeres ladrando de felicidad.


"Eva María hija mía. ¿Cómo has tardado tanto?", dijo la madre tras besar su frente.


"Lo siento madre...yo...".


"Anda ve a ponerte algo encima no vayas a coger frío criatura".


La muchacha se dirigió al dormitorio y mientras se ponía una bata de ir por casa reparó en que en su lado de la cama descansaba su libro preferido. "50 Desvaríos ocasionales". Sonrió complacida, ahora sí estaba todo en su sitio. Se sentó en el canto de la cama, abrió el libro al azar, con la misma delicadeza con la que un pianista acaricia las teclas mientras interpreta un nocturno de Chopin, el libro le regaló el poema XXX.


De nuevo su cómplice amigo había encontrado los versos precisos para apaciguar su consternado corazón.


"Ayúdame, cielo
consígueme una estrella
consígueme su brillo
para iluminarme el camino
y llegar hasta su vera.
Consígueme, cielo
la estela de un cometa
para agarrarme a su cola
y volar cerca de ella.
Ayúdame, cielo
dame tu lluvia
dame tu viento
dame tu luna
para poder arrimarme
y besarle el cuello.
Si tú, cielo
fueras bueno
me darías todo eso,
y no tus rayos y tus truenos.
Sólo me diste, cielo
tus tormentas y tus fuegos".





sábado, 25 de febrero de 2017

No puedo, no debo.





Un post de Lagartija


















Imagen cortesía de "Balasero"




Caminaba con calma por las empedradas calles. Aquella mañana decidió no acudir a la universidad, y emplearla en la biblioteca de la facultad, preparando los exámenes. Desde que comenzó la carrera tenía la impresión de que nada interesante tenían sus profesores que contar, que no estuviera en los libros. Por eso, para sus profesores era casi un alumna desconocida, no así para los bibliotecarios. En su vida también era así, prefería el contacto de un libro que la compañía de alguien más.

Caminaba con la carpeta apretada contra su pecho y la cabeza baja, intentando protegerse del frío viento de aquella mañana de febrero.
Le gustaba caminar temprano por las vacías calles del casco antiguo, cuando las voces de miles de estudiantes se hallaban ya recogidas en sus aulas. Sentir que la mañana le pertenecía, y que sólo sus pasos resonaban en el eco de las callejuelas. Al pasar junto a un escaparate se miró de reojo y pensó que su silueta resultaba neutra. Si no fuera por la larga melena rubia, enredada en el viento, sería difícil saber si esa silueta era hombre o mujer. Un abrigo largo, unos vaqueros, botas...  Su madre tenía razón, resultaba poco femenina. Pero así era ella.

Las campanas de la catedral comenzaron a anunciar la misa de 9. Bendito sonido, que rompía el silencio. A ella le disgustaba profundamente que cualquier sonido osara perturbar sus meditaciones, pero el tañir de las campanas siempre le había sonado a gloria. Como el susurrar de las olas al depositarse, mansas, en la orilla. O el rugir de las mismas cuando deciden suicidarse contra las rocas, desesperadas. O el viento, cuando dobla las esquinas y levanta la desmayada hojarasca. O la lluvia, cuando aparece de noche y resbala por los cristales de los noctámbulos, enigmática.

Caminaba sumergida en sus divagaciones y de repente sintió que no caminaba sola. Otros pasos la acompañaban, pasos de hombre, pudo interpretar. Los hombres tienen pasos más fuertes, más rotundos. Ella se deslizaba, en comparación con los sonoros pasos de él, que se acercaban.
-Disculpe -oyó a sus espaldas,  y antes de girarse, pensó que aquella voz no suponía un riesgo.
-Disculpe -repitió el desconocido.

Ella se giró y vio un hombre de mediana edad, quizás el doble que la de ella. Aspecto cuidado, atractivo y educado por los ademanes que mostraba. Ella es muy intuitiva y es capaz de hacer rápidos juicios sobre las personas sin apenas equivocarse. Por eso, respondió
-Dígame...

El hombre sonrió al saberse aceptado, al notar que ella no recelaba ni huía.
-Llegué anoche a la ciudad, estoy de paso. No conozco aquí a nadie y de repente me he preguntado si aceptaría usted tomarse un café conmigo.

A ella le sorprendió la naturalidad con que aquel hombre la invitaba a tomar un café, pero  algo en su interior le decía que no parecía un psicópata que quisiera violarla, trocearlas,  y dispersar después sus miembros por la ciudad. La sorpresa no terminaba de disiparse, pero le agradaba. A ella siempre le han gustado las situaciones inusuales, las cosas originales, las personas diferentes y todo aquello estaba ante ella.

-Vale -asintió ella con naturalidad y ahora fue él quien se mostró sorprendido, pero continuó rápidamente, temeroso de que ella cambiara de opinión.
-Elija usted el lugar -ofreció él.

Ella señaló con la cabeza el bar de la acera de enfrente. Bendita casualidad que aquello ocurriera a las puertas de su cafetería favorita. Entraron.
Ella eligió la mesa junto a la ventana, desde la que se divisaba uno de los monumentos más majestuosos del planeta, la Clerecía. Él la ayudó a quitarse el abrigo, retiró la silla para que se sentara y después se quitó también el suyo y  depositó ambos en el perchero de la pared. Ella se sintió transportada a otra época. Siempre le ocurría en aquella cafetería, pero en esta ocasión todo se acentuaba. Aquel hombre parecía de otra época y ella estaba disfrutando con ello. Todo aquello estaba transcurriendo en silencio. Sólo se miraban y miraban a su alrededor, disfrutando ambos del ambiente, de la situación.

Una vez que les sirvieron los cafés, él comenzó a hablar. Estaba en la ciudad en viaje de negocios, un viaje rápido. Al parecer, viajaba continuamente, y eso es lo que más le gustaba de su trabajo, máxime cuando el destino era una ciudad única, como aquella. Tras estas breves palabras, le invitó a ella a hablar de si misma y ella percibió algo que nunca había sentido antes, ante unas palabras como aquellas. Ella sabía de sobra que cuando alguien pronuncia "háblame de ti" rara vez hay sinceridad tras esas palabras. Nunca había conocido a nadie que las pronunciara con la sinceridad con que aquel desconocido lo hizo. No obstante, a ella le costaba hablar de si misma.
-Vivo aquí, estudio Psicología y ahora mismo iba a la biblioteca. Debería estar en clase, pero sólo voy a las clases de ciertos profesores. Los que explican cosas que no  están en los libros.
El sonrió, animándola a proseguir. Parecía realmente interesado en lo que ella tuviera que contar.
Bebió café y prosiguió.
-Me gusta venir aquí, a esta cafetería, sentarme junto a la ventana y observar a la gente. A veces disperso mis apuntes sobre esta misma mesa y estudio. Eso, cuando está vacía, claro. Como ahora mismo. Aquí me siento en otro mundo.
-Te entiendo, así me estoy sintiendo yo ahora mismo -respondió él.

Lo cierto es que hablaban poco, de cosas inusuales, y con grandes pausas entre unas frases y otras. El silencio se acomodó entre ellos, pero sin molestar.
Cuando ella lo creyó conveniente, exclamó -Ha llegado el momento de marcharme - e hizo ademán de levantarse.
-¿No me vas a preguntar por qué te he abordado así en mitad de la calle para invitarte a tomar un café?
- Imagino que ha sido un impulso.
-Cierto, un impulso. A esta hora debería estar ya camino de Santander.
Ella le miró y no dijo nada. Sabía que él tenía algo más que decir.
-¡Ven conmigo!
Esperaba cualquier pregunta o afirmación, pero aquella le cogió por sorpresa.
-Ven conmigo ahora mismo. Si lo deseas, mañana te vuelvo a traer. O pasado mañana. O dentro de una semana. O nunca. Cuando tú lo desees.

En un momento todas las posibilidades fueron escrutadas por la emocional, pero analítica también,  mente de la joven, quien finalmente respondió -No puedo
-¿No puedo? ¿No quiero? ¿No debo? Quiso saber él.
-No puedo -confirmó ella.

Él sacó una tarjeta de visita del bolsillo de su gabán y se la tendió.
-Estaré aún unas horas en la ciudad. Si cambias de opinión, llámame.
Ella cogió la tarjeta, sabiendo que nunca la iba a utilizar.

El se acercó a ella, y sin dejar de mirarla a los ojos, dirigió su boca a la de la muchacha. Ella esquivó aquel beso, que tanto deseaba, y le ofreció su mejilla.
-No debo -se justificó.
-Eres demasiado joven para tantos <<no puedo>> y <<no debo>> -señaló él, sonriendo. -Gracias por el café.
-Gracias a ti -respondió ella, y se alejó, camino de la biblioteca, con la cabeza hecha un lío. 









martes, 21 de febrero de 2017

El primer plato

Un post de Catulopio
















Imagen cortesía de "Balasero"




Pasé al cajero, y lo primero que me chocó fue ver que el empleado estaba comiéndose las uñas.  Impresentable. Ni siquiera me preguntó qué necesitaba, igual, yo le pasé mi documento.
—Hola… disculpe… —dije.
Él seguía ensañado con su manicura rústica, hasta el momento que vio mí mano. Con una velocidad indómita me agarró con los restos de sus dedos, no tenía uñas, ni falanges. Sangre. Tiré con fuerza, pero no pude zafar. Se abalanzó sobre mi muñeca derecha y de una dentellada llegó hasta el hueso. Me escapé hasta el hall, que para mi sorpresa estaba desolado.
Tenía calor. Se escuchaba al empleado de la caja golpearse contra el vidrio; los sonidos acuosos revotaban por todo el lugar. La temperatura en mi cuerpo ascendía a tal punto que tuve que sacarme la remera.
La gente se amontonó en el exterior del banco y un oficial entró con su arma apuntando a mí cabeza.
—¡Alto! —gritó.
Intenté responder, no pude. Me estaba convirtiendo en algo que no era. Desde el  momento del ataque comencé a sentir hambre. Mucha hambre, y él podía ayudarme.
Me acerqué unos pasos y me disparó, rozando mi cabeza.
—¡Quieto, monstruo!
Me frené sin entender por qué me decía así. La gente se tiró al piso. Otros oficiales se apostaron en la entrada. Sabía que no podía moverme, pero el apetito seguía ahí, latente. Necesitaba saciarme.
Si daba otro paso terminaría con la cabeza despedazada. Así que miré mi brazo y por un momento pensé en comerme. Unos segundos después dejó de ser un pensamiento: estaba desgarrándome a mordiscones.

Un poco me había calmado, pero era el inicio. El primer plato.




miércoles, 8 de febrero de 2017

Sushi

Un post de Balasero




















El adagio en G menor de Tomaso Albinoni era susurrado a bajo volumen desde la mini cadena, cuando Shushi terminó de cortar todas las uñas de sus pies y manos en la semioscuridad del dormitorio. Uñas que dejó crecer durante los últimos cinco meses, en los que su deseo y melancolía por Juan crecieron hasta límites rayanos en la insalubridad mental, terminando en un bol de inoxidable que apartó con trémulas manos. Le hubiera gustado depositar en el acerado recipiente tanta zozobra como cupiese; volcar, vomitar, deshacerse de la angustia por ese amor no correspondido, pero aquellas agraviantes fibras anidaban en cada rincón de su interior. El adagio de Albinoni terminó, volviendo a comenzar en un bucle interminable grabado por ella misma en una casete de ciento veinte minutos, no obstante se trataba de la conducción de Juan Remón ante la Orquesta Metropolitana. Ese altivo profesor de música que nunca había recalado en su existencia por mucho que ella se esforzara por hacerse notar; llegando incluso a ocasionar simulados encuentros fortuitos en el metro o en la cafetería, donde Juan solía repasar las notas o los exámenes del día. Para él, ella no era nadie, si acaso una estudiante de violín más y eso no podía seguir siendo así, porque de continuar, aquella arrebatada obsesión terminaría en tragedia.
Su corazón sangraba desde la oscuridad de una inquina contagiada por los años de nulidad personal que cargaba con pesar. Lo sintió herido de muerte, mientras extraía de un sobrecito transparente con auto cierre un mechón de oscuro cabello, arrancado en uno de aquellos ensayados tropiezos por los abarrotados pasillos de la escuela de música. Cuando, y sin tocarlo con los dedos lo introdujo en el bol, le vino a la memoria el día en que se hizo con aquél "presente"; él, increpó duramente su torpeza, ella, disculpó su falta de cuidado desplegando toda una serie de nerviosas excusas, pero al fin tenía lo que había planeado obtener durante meses de dudas e inseguridades. Una vez que armada del valor necesario se dio cuenta de lo fácil que había resultado hacerlo, se excitó tanto por el triunfo obtenido que tomó otra decisión, y ésta fue la que a través de oscuros estudios e insólitas adquisiciones la llevaron hasta esa misma noche.
Evocó con un simulacro de sonrisa la escena que tuvo lugar en aquella misma habitación. Cuando se masturbó apretando el perfumado y recién adquirido trofeo capilar contra su nariz, impregnando los sentidos del varonil aroma condensado en el segmento de cabello. Consiguió encadenar una secuencia de orgasmos como jamás en la vida hubiese imaginado que nadie pudiera disfrutar. Sus entrenados dedos bailaron al son de una concreta fantasía sexual; ella estaba siendo poseída por Juan en un lecho de suave terciopelo cubierto de aromáticos pétalos de rosa, mientras eran observados por impasibles masas informes que, rodeando el santuario de su placer acariciaban sus heterogéneos penes emitiendo un rumoroso arrullo de gemidos y suspiros, que alcanzaron el máximo apogeo al eyacular profusamente sobre el bruñido pavimento, hasta cubrirlo por completo con el ofrendado semen. Desde la blanquecina materia y en secuencias a cámara lenta, emergían más figuras sin rostro que continuaban el ritual onanista, en un eterno florecimiento que imitaba el ciclo de las cosas dentro de su ensueño. La majestuosa presencia de su amante sobre ella, le hacía sentirse tan diminuta como cuando de niña recibía las íntimas visitas de su tío paterno. Pero a diferencia de entonces, ahora disfrutaba del erecto calor que se introducía en lo más reservado de su persona. Se retorcían al ritmo del espectral susurro circundante entre dulces y acompasados gemidos.
Cuando en su cuerpo el hormigueo previo a las pulsaciones orgásmicas asomaba a sus sentidos, las informes presencias, como avisadas por su propia voluntad, se congregaban en torno a su cabeza, para descargar sobre la cara la exquisita carga escrotal, colmando sus cavidades faciales con tal frenesí que, sin tiempo para asimilar todo aquél regalo de lujuria, la llevaban hasta el límite de la asfixia enfatizando así el sublime instante final del éxtasis.
Una incipiente humedad en su interior la devolvió a la penumbrosa estancia, lo cual hizo que dibujara un mohín de desagrado en su consumido rostro. Aquella no era ocasión para dejarse llevar por semejantes fantasías, al instante reprochó su propia frivolidad ante un momento tan importante para el hermoso futuro que le esperaba tras aquél trece de agosto. Trasladando el mechón a una vasija de barro que ella misma moldeara días atrás, dirigió los pasos al baño; de la encimera junto al enorme espejo tomó unas pinzas depilatorias y de un seco tirón arrancó un buen pedazo de ceja. Con un grave gesto de dolor introdujo la ofrenda en la misma vasija. La frontal luz alógena del lavabo le cautivó igual que un insecto es atraído por una bombilla, desnuda frente a su duplicada imagen comenzó a sollozar mientras un hilo de sangre se deslizaba desde la herida sobre el ojo derecho, hasta la comisura misma de los labios; lo recibió con la punta de la lengua percibiendo el oxidado sabor al tiempo que exploraba el pálido paisaje de aquella desabrigada delgadez. La casi enfermiza falta de grasa la dotaba de un aspecto cadavérico, las costillas destacaban bajo unos pechos diminutos y caídos, encuadrados entre las prominentes clavículas y aquellos famélicos brazos, que antaño aparecían vigorosos y bronceados por la vida sana del campo. Los ojos se hundían en umbrías oquedades que morían en unos demacrados pómulos, avergonzados por su propio reflejo bajaron hasta las enjutas caderas, que sustentaban unas frágiles piernas de alambre y entre ellas su vulva vaginal sobresalía abultada como si de una bufonesca sonrisa se tratara.
Lloró sin consuelo advirtiendo lo que aquella obsesión había hecho con ella, preguntándose donde había quedado aquella hermosa muchacha que traía locos a todos los chicos del instituto. Se veía víctima de su propia enajenación, de aquel destructivo amor por Juan que la había llevado hasta ese extremo; ya ni era capaz de recordar cuándo fue la última vez que había comido en condiciones o cuándo simplemente, había sonreído con verdadera naturalidad. Ya apenas salía a la calle ni acudía a las clases de música, no respondía a las llamadas de los amigos, ni siquiera cuando lo hacían desde el otro lado de la puerta. Pasaba las horas en su habitación de la residencia de estudiantes tumbada en la cama, desnuda, masturbándose una vez tras otra, en compulsivos estallidos de salvaje y sucio deseo sexual, que irremediablemente culminaban en arranques de llanto y desolación.
Pero todo aquello concluiría esa misma noche; disponía de todo lo preciso, cada pequeño detalle, cada cosa en su sitio. Susana Pérez terminaría con su maldición de una vez por todas y Juan Remón sería suyo o no sería de nadie. Respirando profundamente por cinco veces, reprimió el acceso de llanto, lavó su triste rostro con abundante agua y sin secarse siquiera, retornó a la semioscuridad del dormitorio. Sentándose sobre la cama se dispuso a repasar con minucioso celo cada pormenor del atávico rito que estaba a punto de comenzar.
El bol de acero con todas las uñas de sus dedos, la vasija con el cabello del hombre amado junto a su pedazo de ceja, cuchara de boj, mortero de cocina, el camping gas y las cerillas de madera, un puro haitiano de hoja natural confeccionado para rituales mágicos, y directamente importado desde la lejana isla, la foto de Juan al lado del cuchillo mondador, una vela negra, los dos frascos con los escorpiones norteafricanos de nueve centímetros, la urna de metacrilato y los guantes de malla metálica. Consultó el reloj y apagó la luz del baño que había dejado encendida, en un claro descuido que la llegó a irritar sobremanera, ya que era esencial que el ambiente fuera el preciso, aún restaban quince minutos para las dos de la madrugada, hora en la que todo debería comenzar. Puso del revés los dos espejos del cuarto y la televisión, corrió las cortinas para que ninguna imagen pudiera ser reflejada y alejar de este modo las furtivas miradas del “otro lado”.
La alarma del despertador digital sobre la mesilla de noche sonó con estridencia, dispersando el cándido estado de concentración en el que había estado inmersa esos últimos momentos. La canceló de un manotazo. Ya era la hora y aunque segura de sus intenciones, no pudo evitar un acceso de nervios que intentó socavar con un crudo trago de ginebra directo desde la botella a su gaznate, el licor le abrasó en su descendente recorrido por el esófago, cosa que agradeció, ya que la física sensación le trajo de vuelta al momento. Sentada sobre un enorme cojín granate cruzó las piernas y cerrando los ojos respiró honda y pausadamente. La mesa auxiliar sobre la que había dispuesto todos los aderezos para el ritual se abría ante ella. Segundos después despegó los ojos y en ellos destelló el satisfecho brillo de la convicción. Calzó los guantes metálicos para destapar el primer frasco que volcó dentro de la urna, deslizando la tapa corredera con rapidez. El primer escorpión ya estaba dentro. Repitió la operación con el otro frasco y las dos pequeñas alimañas amarillas de negro aguijón quedaron en su interior, arrojó los guantes a un lado, al tiempo que los agresivos animales iniciaban una enfrentada danza territorial. Shushi observaba con fascinación el duelo asesino con la cara muy pegada al transparente material, divertida, eligió a uno de los beligerantes artrópodos como el vencedor, el que le pareció más pujante. Al cabo de pocos minutos el ejemplar elegido fue el que cayó bajo el aguijón homicida de su oponente. Maldiciendo su mal criterio, introdujo el alargado filo del cuchillo por una ranura lateral practicada horas antes para tal efecto en el metacrilato, tanteó hasta acertar en la cabeza del escorpión victorioso. Con el cuerpo del vencedor tripa arriba en una mano y el cuchillo en la otra, desgarró el abdomen del arácnido de parte a parte, extrajo las vísceras y desplegó el enredo de órganos en la mesa, hurgó en ellos hasta encontrar el aparato reproductor, que delicadamente extrajo con la punta del cuchillo para colocarlo en el bol de acero inoxidable. Alargando el brazo izquierdo y con el mismo filo, practicó un profundo corte transversal, la sangre brotó hacia el recipiente de inoxidable mientras con roto canto comenzó a recitar.
Brazo poderoso, ante ti vengo con todas las fuerzas de mi alma a buscar consuelo en mi difícil situación. Brazo poderoso, no me desampares en las puertas que se han de abrir en mi camino, sé tú, brazo poderoso, el que las abra para darme la tranquilidad que tanto ansío...
Repitió tres veces el conjuro y con cada réplica un nuevo corte laceró la extremidad.
Súplica que te hace un corazón afligido por los duros golpes del destino que lo han vencido siempre en la lucha humana, ya que si tu poder divino no intercede en mi favor, sucumbiré por falta de tu ayuda. Brazo poderoso ayúdame, brazo poderoso asísteme y condúceme a tu gloria. Gracias mi dulce Satán.
Shushi apretaba con afán su antebrazo deleitándose en el flujo sanguino que se resbalaba hasta el bol, mantuvo la presión hasta llenarlo por la mitad, luego liberó la mano, la torturada extremidad pulsaba destellos de dolor desde los despiadados cortes. Shushi respiró hondo aliviada y orgullosa por su sacrificio, acercó el brazo a su boca para lamer con excitación de las heridas, que por la posición del brazo, rezumaban chorretones carmesí hacia sus pechos en regueros que, rebasando el vientre morían en la cuña de su pubis empapando el cojín bajo ella. Con ojos desorbitados por el sublime placer contempló sin pestañear cómo el purpúreo caldo comenzaba a hervir entre sonoros burbujeos. Sin perder ni un segundo más, machacó con el mortero las tripas del escorpión en la vasija de barro mezclándolas con el cabello y la ceja, apartó las tripas para volcar el resto en el bol y subió la intensidad del fuego. Prendió la vela negra, y con la misma cerilla, el robusto puro haitiano, arrancando un estallido de tos seca de su garganta. Colocó la foto de Juan delante de la llama para observar el maduro rostro a contraluz, - Mi amor -, pensó. Expulsó el humo sobre la cara del hombre doce veces, al tiempo que una susurrante letanía se escapaba de entre sus labios...
Puro purito, yo te conjuro en nombre de la Muerte, la señal que te pido me has de dar. La ceniza tiene que caer. Si está ansioso por hablarme su boca ha de abrir y con esta oración ha de venir. Alma de los cuatro vientos quiero que me traigas a Juan y que por los siete espíritus y las siete ánimas vuelva a mí, con el gran poder de la Muerte. Muerte, tú que andas por el mundo en calles, montes y colinas, si encuentras a Juan pon en su mente mi pensamiento. Si está durmiendo que me sueñe. Que así sea.
Dicho esto, apagó el puro en la cara fotografiada, atravesando la imagen y arrojando la ceniza resultante en el bol. Le sobrevino un ligero vértigo y se sintió ir entre el fuerte olor y la bruma de la cocción que comenzaba a predominar en el espacio cerrado. El adagio en G menor resonando en su mente embriagaba sus sentidos, se supo débil y al borde del desmayo, pero ahora no podía echarse atrás, aquél era un camino de una sola dirección. Los siete ya habían llegado.
Entintada de su propia sangre y tarareando un rítmico murmullo para sus adentros, la desnuda silueta femenina se recortaba contra la amarillenta luz que era filtraba a través de las delicadas cortinas blancas. Contorneaba su cuerpo en lascivos movimientos al suave ritmo de la música de Albinoni, mientras removía el denso contenido del recipiente con la cuchara de madera de boj, meneando la caliente mezcla doce veces a la derecha y doce más a la izquierda. Una vez hubo terminado, posó el bol en una estantería de la pared, la palma de su mano izquierda exhibía una terrible quemadura que fue ignorada por completo. En el elevado éxtasis en el que se encontraba a estas alturas del rito, la esencia de Shushi jugueteaba peligrosamente por las penumbras cercanas al otro lado, junto a los habitantes del abismo. Con los ojos en blanco y el alma perdida en algún punto indeterminado entre ambos mundos, friccionó contra su vulva la ungida y ardiente cabeza cóncava del utensilio, el calor de la pastosa madera estimuló su clítoris endureciéndolo al instante. Las sombras querían más y manejaron su mano con sutil astucia. Un relámpago de placer le recorrió el sistema nervioso haciendo que abriera las piernas para jugar con los labios superiores, separándolos, rozando en cada porción de carne descubierta, mientras un oscuro e intenso placer la embargaba por completo. Se mordió el labio con tal fuerza que, unas perlas de sangre asomaron bajo los premolares en el preciso instante en que penetró por completo la enorme cabeza de la cuchara en la vagina. El calor la abrasaba por dentro, pero no le importó, al contrario, escuchaba sus risas en el abrigo de su mente y sintió cómo su voluntad dejó de pertenecerle. Apretando aún más los dientes sobre el labio inferior movió la ardiente cabeza en círculo, doce veces a la derecha y doce a la izquierda, hasta que entre guturales gemidos le sobrevino un orgasmo de tal intensidad que poco faltó para que le hiciese caer de bruces. Temblando de pies a cabeza apoyó una mano en la pared y extrajo entre espasmos la cuchara totalmente impregnada en un flujo sucio y espeso. La dejó caer y acercando el bol a la entrepierna orinó en él. Elevando el recipiente sobre su cabeza y dando vueltas sobre sí misma retomó el cántico entre dientes, detuvo su rotación ante la vela negra, se arrodilló y bebió la mitad de su contenido en tragos cortos y espaciados. Mientras en sus ojos bailaba su llama movida por una brisa imposible. Los mancillados genitales palpitaban en ignoradas punzadas de dolor, las sienes a punto de estallar y en su mente un coro de voces repetía junto a la suya…
«Juan... Juan... Juan... Juan... Juan... Juan... Juan... Juan... Juan... Juan... Juan...»
Derramó el resto de la pócima sobre su pecho y con creciente excitación restregó el maloliente ungüento por su escuálida anatomía, describiendo amplios círculos con ambas manos. Ya casi había concluido y Juan, al fin, sería para ella, sólo para ella. Ya casi estaba hecho… Únicamente restaba la última oración que debería recitar durante un acto de reclamo sexual. Con la gruesa vela en una mano arrastró los pies hasta la cama, su cadavérica forma embadurnada en toda aquella suciedad, cayó a peso muerto sobre las sábanas. Se sentía feliz, arropada por las sombras. Ellos estaban en ella y ella estaba con ellos, veían a través de sus ojos en blanco y con las pupilas giradas hacia adentro ella los veía, allí, agazapados, jugueteando con su propia alma.
Las piernas se le abrieron sin que su cerebro emitiera esa orden, y con la negra vela encendida se penetró bruscamente, su cuerpo se curvó y retorció en imposibles convulsiones, al tiempo que repetía entre gritos la letanía final.

Santa Muerte,
Espíritu del Dominio.

Que al calvario llegaste,

tres clavos trajiste,

uno lo tiraste al mar,

el otro se lo clavaste a tu hijo.

El que te queda no te lo pido dado,

sino prestado para clavárselo

a Juan, para que venga a mí,

amante y cariñoso,

fiel como un perro,

manso como un cordero,

caliente como el averno,

que venga, que venga,

que nadie lo detenga.

Ven... ven... ven...

Yo soy la única persona que te llama.

Ven... ven... ven...
Espíritu del Dominio.
¡Oh, espíritu dominante!
Con el divino poder que Satán te ha dado,
haz que Juan sea dominado en cuerpo y alma por mí.
Espíritu del Dominio...
Bahlahzel…
Ven... ven... ven...


Ya está hecho —susurró un coro de voces en su interior.— Ahora. Él vendrá.
Exhausta, quedó inerte sobre un amasijo de sábanas enmarañadas, más que dormida, desmayada por el tormento auto infligido. Cubierta de sangre y con la vela negra insertada hasta la mecha en sus entrañas. Una ridícula mueca asomaba en su rostro, un gesto que a alguien le podría haber recordado una sonrisa. Las voces habían partido.
La oscuridad es tranquila… sucumbir a la tentación de caer en ella promete consuelo después del sufrimiento… Se oyó susurrar al aire en un largo suspiro escapado de su boca.
**********
La densa opacidad se abrió, y su manto permitió que una tenue luz se vislumbrara en la lejanía, apenas un punto de blanca expectación en la inmensidad dominante. Alguien, al fin, había vuelto a abrir la puerta, le estaba llamando desde el otro lado. Alguien estaba cometiendo el mismo error de nuevo.
Despojándose de la casulla que le hermanara con las tinieblas, y deshaciendo la recogida postura con la que aguardaba en la eternidad, Bahlahzel desplegó las enormes membranas aladas con un deshidratado crepitar en sus viejas articulaciones. El en otro tiempo plumaje blanco, ahora deslucido y pardo, volvió a batirse atravesando el lóbrego velo del inframundo; el castigo había concluido y de nuevo se le permitía regresar al ámbito de los mortales. Entrecerró sus cárdenos ojos ante el creciente albor que se aproximaba a cada impulso de aquellos desentrenados tendones, prometiéndose que nunca volvería a incurrir en los mismos errores que le postergaran por demasiado tiempo al cruel destierro del olvido. Fue tierra mojada y polvo áspero… maloliente lecho de serpientes y escurridizos gusanos, durante la eternidad que dura el tiempo sin referencia.