Mostrando entradas con la etiqueta Marranenga. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marranenga. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de febrero de 2017

La Isla - Capítulo 4 de 4 -

Un post de Marranenga.















—¿Nos hemos perdido? —Preguntó Toni por séptima vez.
Marta puso los ojos en blanco y dejó de andar. Exasperada le espetó un “No” agrio. Toni estaba derrotado. En cuanto Marta dejó de andar, él se sentó en el suelo, dejándose caer agotado. Había caminado durante todo el día. Hacía rato que la arboleda más espesa había quedado atrás, y ahora el paisaje era más agreste, con algunos matorrales altos y arboles bajos diseminados. Decidieron dejar de seguir el cauce del río, ya que parecía que se dirigían a una cresta y Marta pensó que iba a ser difícil escalar por la cascada. Si es que la había. “Sortear las rocas será menos peligroso” había dicho convencida. Habían seguido caminando junto al lindero del bosquecillo, y todavía no habían conseguido llegar. “Solo un poco más...” Se dijo Marta. Ella habría podido andar toda la noche si con eso llegaba, pero Toni no. Estaba empezando a anochecer, y Toni había interpretado aquel parón como un descanso definitivo. Estaba empezando a quitarse los zapatos, e inspeccionándose asqueado y dolido las ampollas gordas y rosadas que le habían nacido en los pies.  

—Está bien. —Se rindió Marta por fin. —Haremos noche aquí. Mañana subiremos la cresta.
De nuevo Marta, con la poco útil ayuda de Toni, preparó un pequeño campamento para los tres. Mandó al chico a recoger algo de leña para encender un fuego, y así ella terminaría de sacar las cosas de las mochilas para poder pasar la noche al raso. Se le dibujó una sonrisa al pensar en cómo habrían sobrevivido Toni y el calvito si ella no hubiese estado allí. Mientras quitaba algunas piedras del suelo que iba a ser su cama observó al pelado. Estaba tendido boca arriba sobre la tierra, con manos y piernas totalmente extendidos, miraba el cielo extasiado. Ella siguió a lo suyo. De improviso el calvo empezó a aplaudir entusiasmado, aún tumbado boca arriba, aplaudía y señalaba excitado a algo en el cielo. Marta pensó que quizás había pasado una estrella fugaz. Miró al cielo divertida ante el comportamiento del calvito. El firmamento estaba perlado de estrellas. Jamás había visto un cielo tan hermoso, y era una lástima que lo tuviese que hacer en aquellas circunstancias. Si hubiese tenido tiempo le habría gustado más saber sobre los astros, pero eso sería ya quizás en otra vida. Se permitió un momento de relax deleitándose con el cielo nocturno. Algo se movió allí arriba. “¿Qué es eso...?”  Nada de lo que ella conocía podía moverse de aquel modo. Una pequeña luz verdosa, que se iba agrandando y empequeñeciendo a intervalos regulares, empezó a oscilar, y después a zigzaguear de un modo frenético. Marta se puso en pie sin poder apartar la vista de “aquello” que ahora parecía moverse en su dirección a miles de metros de altura.

¿Viene hacía nosotros?

—¿Qué haces? —La voz de Toni la sacó del embrujo. —Por el olor pensaba que ya habías encendido el fuego.
El chico acababa de salir de entre los árboles, venía cargado con unas cuantas ramas, y miraba a Marta con expresión de extrañeza. Ella le miró a él, y después de nuevo al cielo levantando la mano para señalarle que era lo que había allí, pero entre las estrellas ya no pudo encontrar nada. Solo oscuridad infinita. Ella pareció desconcertada, pero Toni siguió a lo suyo, como si no pasase gran cosa. Dejó las ramas en el centro del pequeño campamento que Marta había preparado, y siguió comentando que le olía a quemado. Ella apenas le prestaba atención, de vez en cuando lanzaba alguna mirada angustiada al cielo. Tras encender el fuego, sacaron las pocas raciones que les quedaban y se pusieron a cenar. El calvito volcó su mochila, ofreciéndoles toda la comida que le quedaba, pero él se negó a comer. Algo había cambiado en su cara, parecía extrañamente feliz.    

Por fin se habían dormido. Por un segundo le pareció que la chica iba a descubrir algo, pero no fue así. Aquel engendro merecía morir. Si el otro no lo había conseguido, él sí. Sacó su linterna y se dispuso a salir de la maleza, directo hacía el campamento. Se colocó a unos metros de ellos, y accionó el botón. La bombilla pareció no funcionar, pero él sabía que sí, que si miraba hacía ella vería como destellaba en verde.

La llamada silenciosa le despertó. Al igual que le había sucedido en la playa, detectó la señal a ras del suelo, cosa que no solía suceder. Ellos siempre estaban en el cielo. Pensó que era posible que por fin viniesen a buscarlo. Se levantó y fue hacia aquello. Pero cuando se fue acercando notó que algo no iba bien. Aquella luz no la enviaba un amigo. Pudo olerle. Mientras tanto Toni se despertó alterado, dio un grito, al igual que la noche anterior, ya que la interferencia en sus audífonos había vuelto de repente. El grito despertó a Marta, que ya no sabía que esperar. La chica se puso de pie en un salto, mientras Toni intentaba calibrar – de nuevo – sus aparatos. Ella miró al rededor comprobando que todos estaban bien. Pero no era así. El calvito iba hacía algo junto a los arboles. Caminaba de una forma extraña. Andaba agazapado, su espalda comenzaba a curvarse en un ángulo extraño. Ella echó a andar tras él. Bajo su camiseta el pelón empezó a brillar. A brillar en color verde, exactamente. El calvo, adorable e indefenso, estaba ahora mutando. Sus omóplatos salieron disparados hacia atrás, soltando un gran crujido, a su vez, el cráneo y la barbilla parecían alargarse desproporcionadamente, confiriéndole una suerte de hocico grotesco, y su cabeza calva empezó a refulgir como una bombilla. Alargó los brazos en dirección a la maleza y a Marta le parecieron demasiado largos y grimosos. Aquello ya no era el calvito. Marta intentó seguirlo lo más cerca posible sin llamar su atención. Habían caminado ya unos metros, y ella miró hacia delante, entonces supo qué los estaba atrayendo. Frente a ellos, a unos pocos metros, había un hombre agachado. No podía reconocerle en la oscuridad, pero parecía que sostenía un objeto con el que apuntaba hacia  el engendro que antes había sido el calvito. Toni apareció corriendo detrás de ellos, cuando llegó a su altura y vio lo que estaba pasando retrocedió asustado al grito de “¡¿Pero esto qué es?!”. Aquel chillido histérico fue el pistoletazo de salida. El monstruo se volvió mirando sorprendido a Toni y Marta, siendo consciente de que lo habían descubierto les lanzó una especie de gruñido mudo entre espumarajos de baba, su rostro también había cambiado por completo. Los ojos se le habían puesto a los lados, casi en las sienes, se habían ennegrecido y disminuido en tamaño. La nariz también había desparecido, dejando solo dos orificios para respirar, lo que le daba un aire reptiliano espeluznante. Toni cayó de espaldas, cubriéndose el rostro aterrado, pero Marta afianzó ambos pies en el suelo dispuesta a entablar batalla. Cuando la criatura se lanzó sobre ella de un salto, la verdosa luminiscencia que emanaba de sus fauces fue lo último que vio. La criatura, ya completamente fluorescente, desencajó su boca hasta que consiguió que toda la chica pasase entre sus mandíbulas, a medida que el bulto iba bajando por su garganta hasta su panza, el cuerpo se iba deformando y ensanchando, dando cabida al alimento. Para facilitarse la tarea el monstruo acompañaba la digestión con embestidas espasmódicas que iban acomodando el bulto en su interior. Toni se quedó petrificado, mirando desde el suelo el grotesco espectáculo. Se olvidó de la figura oscura que había estado al otro lado, quien había provocado todo aquello. Solo podía pensar en que Marta quizás estuviese muerta, y que él tendría que enfrentarse a  aquello, solo.

“Ojalá todo esto fuese un videojuego”.

En su mente confusa y perdida, ideas absurdas empezaban a perfilarse. Pensó en huir. Se levantó poco a poco albergando la esperanza de que la criatura, ocupada en la digestión, no reparase en su escapada. Echaría a correr, hasta la playa si era necesario, se alejaría de todo aquello. Volvería a casa nadando si era preciso. Pero una vez estuvo incorporado, la criatura empezó a moverse más violentamente. Los espasmos se convirtieron en arcadas, se balanceó hacía delante dos veces, y a la tercera volvió a abrir la boca y una masa verdosa salió de ella estrellándose contra el suelo con un ruido sordo y pegajoso. Toni entendió entonces la muerte de la novia. Marta había pasado a ser una masa informe de restos de hueso, piel y órganos, cubierta por una gruesa capa de baba y gusanos gordos como un dedo, todo ello irradiando verde. El engendro pareció recomponerse y fijó su mirada en Toni. El joven hubiese podido jurar que incluso tenía un gesto guloso en el rostro, a pesar de que la boca del calvo se había convertido en un hocico culminado por un agujero repleto de dientes finos y puntiagudos. Toni era el segundo plato. Se hinco de rodillas, y llorando esperó su final.

—¡Eh hijoputa! ¡Te voy a meter este machete por el culo!
—¿Pol? —Musitó Toni asombrado y aliviado. No entendía como Pol, al que creía muerto, había aparecido entre él y el monstruo, cuchillo de monte en mano. La criatura al verle lanzó otra ráfaga de babas, esta vez colmada de ira. El ser empezó a arquear el cuerpo, dispuesto a saltar sobre su nuevo objetivo, pero Pol fue más rápido. Se lanzó en estampida hacia delante, abrazó al engendró y entre las sacudidas de este, lo acuchillo en el costado una veintena de veces. El engendro, al sentirse herido, retrocedió unos pasos, agitándose violentamente para liberarse de Pol del que consiguió zafarse. Algunos de sus órganos, blanquecinos y viscosos, cayeron al suelo reventando a causa del impacto. Pol, cambió el cuchillo de mano, y observó al monstruo. Este también le observaba. No había esperado tal reacción por parte del hombre, y ahora estaba herido de muerte. No jugaría más con él. Agarrándose el costado, el engendro se arqueó de nuevo para saltar sobre Pol con las fauces abiertas, tal y como hiciese con Marta. El matón afianzó los pies en el suelo, y sujetando el cuchillo con ambas manos por encima de su cabeza, esperó al alienígena. Este saltó sobre él, cuchillo y  cabeza pasaron por la garganta del ser, pero nada más. Pol, una vez se aseguró que sus dos manos estaban dentro de la boca del mutante, las lanzó hacia arriba y las clavó en el paladar de este. El monstruo se revolvió al sentir la punzada de dolor, pero el hombre hizo acopio de sus fuerzas, mantuvo el cuchillo clavado en la carne blanda, y además se echó hacia atrás desgarrando el tejido. El cuchillo salió por la parte delantera de la cabeza del engendro. Finalmente el ser cayó al suelo, envuelto en un espeso líquido resplandeciente. Mientras perecía en agonía, Pol le asestó una patada furiosa en el torso para después escupirle con desprecio. Pol tenía los hombros y los brazos cubiertos de baba, que a medida que pasaban los segundos parecía quemarle la piel. Se agachó sobre el alien, ya muerto en el suelo, y le arrancó un jirón de lo que antes había llevado por camiseta. Con aquel trapo se limpió, pero sobre su dermis quedó impresa la roja mordedura del ácido. No había llegado a perforarle, pero si le quemaba. Por fin se dio la vuelta para mirar a Toni, que seguía en el suelo con la cara bañada en lágrimas. Dio unos pasos hasta él, y entonces le tendió la mano.

—Pero pensaba que habías muerto. —Dijo Toni una vez que estuvo de pie. Estaba realmente confundido.
—Ese fue el otro Pol. —Empezó a explicar el matón con aire distraído. A la vez que hablaba intentaba ubicarse. —Él estaba aquí antes, los mismos que pusieron a esa cosa con nosotros lo pusieron a él. La otra noche me llamó para explicarme todo lo que iba a pasar. Aunque no ha sido precisamente como el cabrón dijo. ¡Bah! Ahora ya da igual. ¡Que le jodan! En unas cuantas horas en esa dirección estaré en el centro y habré ganado. Puedes quedarte aquí o seguirme. Me la suda.         

Toni entendió poco de lo que había dicho, pero daba igual. Estaba vivo, y eso era lo importante. A pesar de que estaba agotado, aceptó seguir caminado con Pol. Con este Pol. Intentó que le contase algo más, pero el otro le fue soltando evasivas, mandándolo a la mierda eventualmente. Llegaron a la cresta que unas cuantas horas antes había anunciado Marta. Toni echaba de menos a su compañera. Poco a poco, comenzaron a ascender. A Toni, los pies le ardían. Pero tenía que seguir adelante. Albergaba la certeza de que si no llegaban juntos, su victoria no sería dada por válida. El cielo empezó a clarear, en algo más de una hora habría amanecido. Caminaron durante toda la noche. Una vez se encontraron sobre la cumbre, Pol se detuvo.

—¿Sabes? La linterna lo atraía, al monstruo ese. Tenía un rollo raro con la luz. —Dijo mirando la linterna con melancolía, como quien observa a un viejo amigo. Después apretó el botón de encendido, y enfocó con el aparato a todos lados, haciendo un gesto fingido y teatral. —Ahora ya no me vale de una mierda, ¿No crees?

Dicho esto la lanzó ladera abajo. Ambos se habían detenido. Toni, agotado agradeció el descanso.

—Mira chico, no me caes gordo, no me malentiendas. —Dijo Pol, que ahora miraba fijamente su reflejo en el enorme cuchillo de caza. —Pero eres un puto inútil, y no te mereces estar aquí.

Toni había esperado algo así. Sabía que aquel abusón no se contentaría con llegar al centro, quería  hacerlo solo.

—Así que voy a rajarte el cuello. Pero sin rencor ¿Eh? —Y entonces le miró. Aquello le divertía. Aun a la luz del alba incipiente, podían verse el uno al otro claramente. Pol se acercó hasta el chico,  y de súbito este se encogió cerrando los ojos con fuerza y llevándose las manos a las orejas. A Pol le divirtió pensar que se iba a echar a llorar de nuevo. Pero aquello no era lo que estaba pasando, de nuevo los audífonos de Toni se habían vuelto locos, exhalando agudas interferencias que le hicieron estremecerse. Sin pensar en nada más intentó regularlos, pero al final acabó bajando del todo el volumen, ya que el ruido era insoportable. Una vez hubo pasado esta pequeña crisis volvió a abrir los ojos, y lo que vio le dejó asombrado. A unos cientos de metros de distancia, en el cielo, un gran artefacto oscilaba en el aire. Era una nave en forma de punta de flecha, que escrutaba los suelos emitiendo breves ráfagas de luz. Les estaba buscando. Toni levantó la mano derecha señalando aquello en el firmamento, pero Pol ni si quiera se dio la vuelta. Le vio mover los labios, pero no se molestó en descifrar lo que le decía. Finalmente el haz de luz de la nave los envolvió. Pol desesperado miró a su alrededor buscando la linterna, pensó que quizás pudiese ahuyentarlos con ella, sin comprender que era precisamente eso lo que los había atraído. Pero en la mente lógica y práctica de Toni, todo cobró sentido. Los dos hombres, bajo la influencia de la luz, empezaron a levitar, siendo atraídos hacía la nave. Pol empezó a bracear desesperado, intentado escapar de aquello, parecía nadar en el aire. Toni por su parte, rebuscaba frenéticamente en la mochila.

Tenía un rollo raro con la luz.                  

Aquello era la clave de todo. Por fin consiguió sacar y desplegar su manta de papel plateado, y se la echó por encima quedando del todo cubierto. En el preciso instante que la luz dejó de tocarle, cayó a tierra, libre de su influjo.

Permaneció horas en aquella posición. Estaba completamente aislado del exterior. La manta térmica había cumplido su función, y no dejaba entrar en su escondite ni un ápice de luz. Con los audífonos apagados tampoco podía oír nada a su alrededor. Tras un largo rato, salió de debajo de su capa protectora. Había amanecido por completo y estaba solo. Ni rastro de Pol. Ni rastro de la nave. Tardó un tiempo en recomponerse. Consiguió hacer funcionar sus audífonos, y comió su última ración, una de las que le había dado el calvito-monstruo. Miró hacía abajo, y le pareció estar muy cerca del centro. Al final sería el único en llegar. Lo invadió una sensación trágica y placentera. Por fin se puso en pie, y caminó hasta su nuevo final.

A muchos kilómetros de distancia, más allá de la estratosfera, Pol permanecía tumbado sobre una superficie lisa de metal. El interior de la nave estaba frio y oscuro, a excepción de la luz que lo mantenía anclado a la mesa. Era un rayo de fuerza similar al que habían usado para su abducción. Sobre su cuerpo desnudo una decena de dedos largos y verdosos marcaban puntos aquí y allá. Aterrorizado, Pol intuía siluetas en la oscuridad, los oía sisear. Quizás si hubiese podido interpretar los sonidos, había descifrado su conversación.

—El experimento ha fallado. Debimos hacerle más... Comunicativo.
—Cabía la posibilidad de que la combinación de nuestro ADN con la de los sujetos no funcionase.
—Entonces, ¿Qué hacemos con el humano?
—¿Lo mutamos también?
—¿Y que vuelva a fallar? No. Necesitamos otra cosa.
—¿Y si lo mandamos de vuelta al principio?
—¿Qué interés científico podría tener?
—Bueno... Podría ser divertido.
—Sí. Lo será. Ponle unos sensores y estará listo.  

Pasados unos momentos los siseos cesaron. Pol los oyó trastear emocionados a su alrededor. Buscaban algo. Uno de ellos lo agarró desde arriba por los pómulos, evitando que hiciese cualquier movimiento brusco. Otros dedos afanosos le amarraron muñecas y tobillos con correas metálicas. Desde ambos laterales dos taladros con punta de gruesa aguja, se fueron acercando hasta incrustarse en sus sienes. El dolor fue insoportable, y Pol gritó desesperado. A los pocos minutos de soportar el dolor le sobrevino la oscuridad.

Pol permaneció inmóvil durante horas. Oculto en la maleza, agazapado como un tigre, miraba a sus compañeros desmayados en la arena de la playa. Observando como la marea les mecía con suavidad, se mostraba paciente ante sus presas. Sabía que pronto despertarían, y entonces empezaría la juerga. Diversión de la buena. Y esta vez, él sería el único en llegar.

Fin.


domingo, 5 de febrero de 2017

La Isla - Capítulo 3 de 4 -

Un post de Marranenga.















Tardó en incorporarse. Marta, con el calvo agarrándole la mano, esperó a que aquel ataque de pánico terminase. Para ella también habían cobrado importancia el tablero y los jugadores, pero no era una cabrona. Esperó paciente, y cuando Toni se acercó hasta ellos limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, ella se limitó a ponerle una mano sobre el hombro y guiarlo hasta el campamento.

A paso lento volvieron junto a la hoguera. Aún no habían llegado hasta ella, y Toni volvió a notar las interferencias en sus audífonos. Con la diferencia de que esta vez no eran palabras desconocidas, si no que alguien estaba hablando en una lengua que él reconocía. Dio más volumen a los aparatos.

“Eso es lo que vas a tener que hacer, rebanarle el cuello o él...”

Toni se detuvo en seco, ¿Rebanarle el qué a quién? ¿A Toni? Marta lo distrajo señalando un bulto agazapado junto a los árboles.

—¡Eh! ¿Quién demonios hay ahí? —Gritó la chica a la oscuridad. El bulto se movió inquieto. Se irguió y camino hasta ellos. Cuando estuvo cerca de la luz que arrojaban la mortecina hoguera, todos pudieron distinguir las facciones de Pol. Hubo un momento de silencio mientras se inspeccionaban. El rostro del hombre parecía más crispado que antes, pronto esbozó una sonrisa ancha y falsa, que a Marta se le antojó peligrosa, como de tiburón. Por su parte el grupo de tres tampoco tenía buen aspecto. Toni aparecía lívido y sudado debido al susto. Marta, que era la más serena del grupo, también reflejaba algo de miedo, no en el rostro, pero si tenía todos los músculos en tensión, dispuesta a dar el salto en caso de que fuese necesario. Y el calvo que pareció no reconocer a Pol, le miraba fijamente, con los ojos verdes puestos en él. Tenía restos de bicho luminoso incrustados entre las uñas, lo que las hacía brillar tenuemente, y el matón podía jurar que sus ojos resplandecían también.

—Pensaba que me habíais dejado tirado.— Dijo con fingida simpatía.
—Paula a Muerto.— Empezó Marta. —No sabemos cómo, pero está allí atrás. ¿Dónde estabas tú?
—¿Yo? —Ahí venía la excusa de Pol. —Fui a echar una meada, y cuando volví os habíais pirado.

Marta asintió en silencio. No pensaba discutir con aquel tipo, y menos aquella noche. En pocas palabras resolvieron volver a dormir, y al día siguiente continuarían la marcha. Todos necesitaban descansar. Pol estaba ya recostado, y Toni le miraba fijamente. Una idea había germinado en su mente, y no podía librarse de ella.
—¿Y a ti que te pasa? —La pregunta de Pol le asaltó, Toni no quería confrontación, pero sabía que si no se lo preguntaba no podría dormir.
—¿Estabas hablando con alguien? —Preguntó sin más y a bocajarro. Como respuesta solo obtuvo un “Tú debes ser gilipollas” entre dientes. Pol se acostó dándole la espalda. “Si es que no sé para qué digo nada” Se recriminó Toni.

El hombre se acercó sigiloso hasta Marta. No estaba saliendo todo como él esperaba, pero tampoco estaba yendo mal. Había sido una buena idea hablar con ese tío, y con un poco de suerte podría encargarle a él el trabajo duro. Observó el pecho de la chica subir y bajar con cada respiración. Dormía profundamente.“Sería tan fácil romperle el cuello ahora”. Pero no. Era mejor robarle el cuchillo, y dejar que todo siguiese su curso. Que no hubiese empezado igual no significaba que no acabase de la misma forma. Rebuscó entre las pertenencias de ella, y dio con el arma. La cogió, y de nuevo regresó a su refugio vegetal con el mayor de los sigilos.   

Contra todo pronóstico cuando se levantaron, ya hacía rato que había amanecido. Pol fue el primero en despertarse. Lejos de haberse ido, o haberlos despertado, estaba simplemente mirándoles dormir. Tenía una expresión ceñuda en el rostro. Poco a poco, todos se fueron quitando de encima la modorra. Marta y Toni recogieron el campamento mientras Pol les esperaba de pie al borde de la arboleda, unos metros más allá.

—No me gusta. —Dijo Toni, refiriéndose al matón. —Tiene algo... Raro.
—Sí, yo también se lo noto. —Contestó la chica.
—¿Crees que tuvo algo que ver con...? —Toni hablaba ahora en voz baja, intentado evitar el contacto visual con Pol. —Bueno, con lo de Paula.
—No lo sé. Estaremos al tanto.
Añadió Marta, y sin más le hizo una señal para que se pusieran en marcha. Los dos caminaron en dirección a la arboleda, donde el otro les esperaba, seguidos por el calvito, que aunque más sosegado, seguía lanzando miradas inquisitivas al cielo de vez en cuando.

Pol les informó de que había investigado la zona, más a su derecha se encontraba el riachuelo que habían visto en el mapa, no era muy caudaloso, y podrían seguirlo hasta lo que él   creía que era la meta. Llegarían al centro al caer la noche, o como muy tarde al día siguiente por la mañana. El matón estuvo parloteando durante toda la mañana de lo más cordial. Definitivamente había algo en él que no era como el día anterior. Si se les había presentado osco y chulesco, ahora intentaba disimular todo aquello bajo una máscara de simpatía que no iba a juego con sus botas de patear culos. Incluso intentó ayudar al calvito a cruzar algún paso más complicado, pero este que al parecer también intuía que algo no marchaba, se lo quitaba de encima sacudiéndose como un perro mojado.

Habían caminado ya un buen rato, cuando Marta se puso tensa. Se olvidó de Pol y  de la chica muerta, y prestó atención a la maleza que los envolvía. 
—¿Qué pasa? —Preguntó Pol nervioso. Todos se detuvieron.
—Creo que hay algo ahí. —Respondió ella en voz baja. 
Pol, obviando el sigilo de la chica, empezó a vociferar: “ahí no hay nada” “Eres una puta loca”, y a hacer aspavientos, como queriendo reclamar la atención de sus compañeros. Ellos no lo sabían, pero si entre la maleza estaba lo que Pol sospechaba, mejor sería convencerles de que no era nada. Pero lo que fuese aquello le jugó una mala pasada, y los arbustos y los matorrales empezaron a moverse evidenciando que allí sí que había algo. Todos quedaron expectantes cara a la vegetación. Pol cerro la boca y apretó los puños, dispuesto a presentar batalla, Marta se puso en tensión, ya que eso parecía ir directamente hacía ellos a gran velocidad. Todos excepto el calvo, que parecía no comprender, estaban asustados. Cuando los arbustos que estaban a un par de metros de ellos empezaron a temblar, un gruñido agudo desgarró el tenso silencio del grupo. Un enorme jabalí salió de entre las hierbas, corría como un toro bravo directamente hacía el grupo. Cuando el animal les iba a alcanzar, Pol se echó hacia atrás, empujando a Toni y el calvo y poniéndolos a salvo con este gesto involuntario. Marta también esquivó al cerdo con un salto grácil y calculado. Se echó a un lado, y se descolgó la mochila buscando su cuchillo. El jabalí, de unas proporciones enormes y con dos grandes colmillos coronando su hocico, pasó de largo, tras un frenazo logró reducir la inercia de su embestida, y se dio la vuelta dispuesto a atacar de nuevo. Flexionó las patas, y emepezó a correr hacía ellos.
—¡No encuentro el cuchillo! —Gritó Marta.— ¡No está!
Pol y Toni la miraron horrorizados. Sin el cuchillo, y si el animal persistía en su ataque, aquello no podía acabar bien. Toni intentó gatear hacía atrás, pero tropezó con algo. Alzó la mirada, y se encontró con el calvo. Este se dirigía hacía el animal con paso tranquilo, y se había armado con una gran rama nudosa. El jabalí enfurecido fue directamente a por Marta, pero el calvo le salió al paso, y con una pasmosa rapidez, le asestó un golpe con el leño. El primer impacto pareció no tener mucho efecto, pero al menos el cerdo dejó de correr, sacudió el cabezón y dio un par de pasos en dirección al hombre. Este esbozó una enorme sonrisa de satisfacción, y volvió a golpearle con la rama. Esta vez le reventó un ojo, y le produjo una profunda laceración en el costado derecho de la cabeza. El jabalí chilló dolorido y enfurecido. Pero el calvo no perdió el tiempo en lamentaciones. Volvió a descargar el palo contra el cráneo del animal, una y otra vez, mientras el resto lo miraban asombrados. El cerdo cayó al suelo doblando las patas delanteras, chillando de dolor, pero el hombre no se detuvo. Continuó golpeando, la sangre salía disparada hacía el cielo cada vez que el palo se alzaba. El calvo golpeaba con tanta fuerza que la rama se rompió. Pol, cuando vio el destrozado cráneo del cerdo, estalló en una carcajada nerviosa. Marta reaccionó con más humanidad, y se le acercó por detrás, y puso las manos sobre las del calvo, intentado que se detuviese. El jabalí ya había pasado a mejor vida. De echo, los pedazos de su cráneo destrozado rezumaban por los suelos, mezclándose con la tierra y los hierbajos. El calvito dejó de golpear, y miró a Marta complacido. Esta le devolvió una mirada de desconcierto. Se había comportado de una forma irracional, y había demostrado una fuerza muy superior a la que debería tener un hombre de su constitución, y ella no sabía que pensar al respecto. 
—Creo que estaba rabioso. —Dijo Toni. Marta y Pol le miraron. —Mira la espuma que tienen en la boca. 
Marta se olvidó del calvo, que ya había bajado su arma, y se agachó junto a lo que quedaba de la mandíbula del cerdo. El calvo la imitó, se agachó aún más sobre el cadáver y le metió el dedo indice en la boca. Aquello también le divertía. La chica intentó no prestarle atención, aunque verle revolviendo con el dedo en la boca reventada de un jabalí muerto le producía arcadas. Observó de cerca la espuma a la que se refería Toni, y determinó que se parecía mucho a la baba que habían hallado sobre el cadáver de la novia la noche anterior. “Quizás se alimentó de los restos y eso lo volvió loco...” Emepezó a divagar Toni. A ella poco le importaba el como. Pol zanjó la situación: 
—A mi me la suda. —Dio una patada contra el lomo inerte del jabalí. —Ahí te pudras. 
Sin decir nada más se puso en marcha. Todos lo siguieron sin discutir. 

Tras el encuentro con el jabalí llegaron hasta el riachuelo que les había indicado Pol. Nadie había hablado desde entonces. Decidieron hacer un alto para rellenar las cantimploras.

—Echaré una meada. —Dijo el matón sin más, señalando la arboleda que quedaba a la derecha del río. —Vuelvo ya.

Se dio la vuelta alejándose sin dejar de echar rápidos vistazos hacía los que se habían quedado a la orilla. Toni y Marta se miraron preocupados. Aquella sensación de peligro no dejaba de crecer en el interior de ambos. Marta, aún sin relajarse se agachó sobre el torrente fresco y limpio para zambullir ambas manos y refrescarse brazos y cara. Justo tenía el rostro entre las manos ahuecadas y repletas de agua, cuando oyó el grito desgarrador de Toni “Otro jabalí mutante, no. Por favor, no”, se decía el muchaho. Pol salió en tromba hacia ellos desde los arboles, armado con el cuchillo de caza que Marta no había logrado encontrar, y se había lanzado como una fiera sobre el calvito. Toni al verlo llegar pensó que iba a por él, y se lanzó de culo hacía atrás gritando como si viese al demonio con machete. El calvito, aún sin emitir ningún sonido, consiguió agarrar a Pol por las muñecas y con una fuerza tan impropia como la que demostró antes, forcejeaba para alejar al hombretón y su cuchillo de su cuello. Marta también reaccionó rápido, cogió una enorme piedra redonda y mohosa de la rivera del río, dio dos zancadas hacía los hombres tendidos en la tierra que peleaban entre sí, y a Pol que estaba sobre el calvo, le golpeó con la piedra tan fuerte en la cabeza que el “crac” de su calavera al romperse resonó por todo el lugar. El cuerpo muerto de Pol se derrumbó sobre el calvo, que desconcertado por el repentino cambio intentaba mirar a Marta a contra luz, de pie junto a él. Rápidamente, y con la ayuda del calvo desde abajo, la chica empujó al muerto a un lado. Al caer sobre sus espaldas, su pierna derecha se movió en un último espasmo, pero aún así permaneció sin vida mirando al cielo con los ojos vidriosos. De la coronilla empezó a salir una masa sanguinolenta y gris, que poco a poco fue llegando hasta el riachuelo, tiñéndolo de rojo.

—Por dios... Marta. ¿Está muerto? —Preguntó Toni, aturdido.
—Yo no... —Consiguió decir con un hilo de voz. Una lágrima le resbaló por la mejilla. No podía creer lo que había pasado. Si bien era cierto que no sentía ninguna simpatía hacia Pol, nunca había sido su intención matarlo. “Aunque de todas formas...”  Sacudió la cabeza, intentando deshacerse de esos pensamientos. Por fin soltó la piedra ensangrentada. 

Aunque de todas formas, habría llegado el momento de él o yo”  

Él o nosotros”. Se corrigió mentalmente. Se llevó ambas manos a la cabeza, aún sin poder apartar la vista del cadáver. Valorando las terribles – o no – consecuencias de lo que acababa de pasar. Toni le puso la mano sobre el hombro derecho. El contacto la devolvió a la realidad. Ella le miró directamente a los ojos, y en ellos no vio reproche, pero si miedo. Y agradecimiento. De aquella forma supo que debían continuar. Llegar al centro era la única esperanza de salir de aquella pesadilla. Marta se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Tenía la cara empapada a pesar de que no había sido consciente de haber llorado. Se colgó una mochila sobre los hombros, e inmediatamente Toni hizo lo mismo. El calvito golpeaba divertido la cabeza del muerto con el dedo índice. Consiguieron que se levantase del suelo, y mientras Marta le ponía de nuevo la mochila sobre la espalda, Toni dijo:

—Marta, mira. —Señalaba una pequeña señal oscura en la sien derecha de Pol. Era un pequeño orificio chamuscado de apenas unos milímetros de diámetro, al rededor tenía como otra marca circular más enrojecida. Marta se agachó para inspeccionar aquel agujero extraño. Descubrió que tenía otro en la sien izquierda.
—¿Antes tenía eso ahí? —Siguió diciendo Toni. —Parece como una quemadura, pero más profundo. ¿Cómo se lo habrá hecho? No creo que haya sido ningún insecto.

Marta apenas lo escuchaba parlotear, pero efectivamente “eso antes no lo tenía”, le inspeccionó el cuello y las muñecas, en ambos lugares tenía marcas enrojecidas que sugerían algún tipo de atadura. Algo raro estaba pasando. Aquello no era posible, ya que no se había alejado del grupo más de un minuto. Dos a lo sumo. Para hacerse aquellas marcas, y más las de la cabeza, debería requerirse más tiempo.

Aquella sensación de peligro volvió a ella.

—Pongámonos en camino. —Dijo Marta secamente. —Quiero acabar con esto ya.

Toni la miró extrañado, más allá del cómo, le fascinaba el qué podría haber impreso aquellas marcas. No se planteaba que pudiesen ser un peligro para ellos. Pero seguro bajo el mando de Marta, obedeció sin más. Los tres jugadores comenzaron a andar, expectantes y temerosos de lo que les pudiese esperar en el camino. Habían recogido todas sus cantimploras. Al alejarse del cadáver, el destello en la hoja del cuchillo olvidado entre la hierba del suelo pareció despedirles.

“Mierda”. El otro había dicho que aquello no sería así. Ahora no podía volver. “¿Qué hacer?” Se preguntaba el hombre, oculto entre los árboles. Ver la muerte del otro le había horrorizado. ¿La cosa iba a ser así de fácil allí? Pues bien. Jugaría sucio, era lo que mejor sabía hacer. Los seguiría, y cuando menos lo esperasen, los aplastaría uno por uno.

Continuará...


jueves, 2 de febrero de 2017

La Isla - Capítulo 2 de 4 -

Un post de Marranenga. 














Después de la primera toma de contacto acabaron todos sentados alrededor de la novia. Más inflexible que el calvo que parecía no entender, Paula juró que no se movería de su sitio hasta que viniesen a buscarla y a llevarla de regreso a casa. Toni estuvo varios minutos intentado comunicarse con el calvo, pero este apenas le prestaba atención. Le hizo algunos de los gestos de la lengua de signos, pero el calvo le miró sin mostrar ninguna emoción, lo que refutó la teoría de Toni sobre que lo que le ocurría a aquel hombre debía ser otra cosa. Resultó que todos habían sido abandonados en la playa junto a una de esas mochilas negras. Buscaron la mochila de la novia, pero fueron incapaces de encontrarla, de modo que supusieron que se la había llevado la marea. Así que juntos, Toni, Marta y Pol, vaciaron las suyas en busca de algunas respuestas que les indicasen que estaba pasando. Tenían todo lo necesario para sobrevivir al menos dos o tres días en aquel lugar. Además en cada una de las mochilas venía algo extra, algo único que no estaba en las otras.

Pol sacó de su mochila una linterna cuadrada. La encendió para ver si funcionaba, pero no emitió destello ninguno. Miró la bombilla, y esta refulgía en verde, pero no aportaba ninguna luz. La enfocó hacía delante, y cuando la movió el calvo pareció salir de su trance y le dirigió una mirada curiosa, como si por primera vez se diese cuenta de que el hombre estaba allí. Pol volvió a presionar el botón para apagarla, y el calvo dejó de prestarle atención. Se hizo de nuevo invisible para él.

Marta sacó de su mochila un cuchillo de caza de unos quince centímetros. Estaba muy afilado en uno de los lados, y en el otro lucía unos enormes dientes de sierra. La chica se miró en el reflejo brillante que el metal le devolvía.

Toni sacó un pequeño cuadrado plateado. Parecía un papel de plata doblado sobre sí mismo una decena de veces. Poco a poco lo fue desenvolviendo, y acabó descubriendo que se trataba de una manta térmica, plateada por un lado, dorada por el otro. Con el calor que hacía aquello le pareció la ayuda más absurda que podía conseguir.

El calvo siguió ajeno a todo y no miró en su mochila. En su lugar, Marta la cogió y tras inspeccionarla descubrió que no había nada extra en ella, a no ser por una doble ración de comida.  

Cuando encontraron las tabletas electrónicas dentro de sus respectivas mochilas, y leyeron “la carta” que contenía, todos se miraron en silencio durante un buen rato, entendiendo e intuyendo de forma terrible lo que iba a pasar en los próximos días. Aquella situación era de lo más extraordinario, pero no dudaron ni un momento que lo que allí se decía era verdad. Marta además, se entretuvo estudiando el mapa que también venía en la memoria del aparato.

—Pues, entonces... Quizá debamos ir juntos.— Para asombro de todos, fue Pol el que rompió el silencio. El matón parecía pensativo.
—Sí. Será lo mejor.— Asintió Toni. Ni siquiera había estado de acampada durante más de una noche en su vida, por lo que el tema de sobrevivir en la selva por sí solo, una rata de ordenador como él, le parecía algo fuera de cualquiera de sus capacidades. Marta asintió en silencio, sopesando todas las posibilidades que acababan de aparecer ante ella, desde luego no temía andar sola por la selva, pero prefería hacerlo en compañía.
—Dejaremos atrás al retrasado.— Dijo con indiferencia Pol.— Que se busque la vida, no pienso limpiarle el culo.
—Pues yo no pienso moverme de aquí. Esto debe ser un error.— Dijo Paula sin mirarles. Con furia contenida se alisaba la abultada falda de tul blanco sobre las piernas, arreglándose el vestido como si esperase volver a la iglesia.— Yo iba camino de mi boda... Y de repente... Esto. Ha de ser un error.

Los demás la miraban con lástima. Entendían que habían sido “elegidos” al azar, que aquella chica estuviese allí con su vestido de novia lo confirmaba. Toni empezó a contar que estaba haciendo antes de despertar aquí. No se había movido de casa en días, con la cara pegada a la pantalla del ordenador, debió cerrar los ojos, y al abrirlos se descubrió aquí. Las historias de todos eran similares.

—No vamos a dejar a nadie atrás.— Dijo Marta en tono severo. Todos entendieron que se refería al calvo, pero también lo decía por Paula.–Ya descubriremos lo que pasa en el centro cuando estemos allí. Además tenemos que ponernos en marcha ya. Haremos noche en la selva.  

Dicho esto volvió a ponerse en pie sacudiéndose la arena de la ropa con ambas manos, después hizo unos estiramientos de piernas, y se colgó la mochila a los hombros de nuevo. Marta ayudó al calvo a levantarse, lo sacudió también, y con gesto maternal le colocó la mochila a la espalda. El calvo empezó a seguirla sin más, aceptando todos sus gestos. Le miraba los pies, e iba dando saltitos tras  ella intentado imitar sus zancadas. Ahora la pierna derecha, ahora la izquierda. Toni intentaba convencer a la novia, pero esta seguía empeñada en no moverse de la playa. Pol se acercó por detrás, y cogiéndola por los brazos como a una muñeca la levantó hasta ponerla de pie sin el más mínimo esfuerzo, cosa que no era difícil para él ya que era un hombre bastante grande y ella estaba rechoncha y tenía cara de ratilla, no medía más de un metro cincuenta. Cuando Paula se dio cuenta de que en aquel asunto tenía las de perder, refunfuñando y maldiciendo por lo bajo, comenzó a caminar hacia los arboles con sus compañeros y con los zapatos de tacón en la mano. Empezó a llorar amargamente cuando se hubieron adentrado en la espesura y las capas de tul de su falda se hicieron jirones al engancharse entre la maleza.

Por fin se ponían en marcha, ahora tocaba seguirles y esperar su oportunidad. 

—¡Eh! ¿Quién hay ahí? —Gritó Pol de repente. Había estado nervioso desde que entraron en el bosque. Mirando a un lado y a otro, sintiéndose observado y perseguido. Y ahora, por el rabillo del ojo acababa de pillar a su perseguidor.  

“Mierda”, no podía dejarse atrapar. Esto se suponía que no debía suceder así. Echó a correr entre la maleza intentando hacer el menor ruido posible. Con suerte el tal Pol pensaría que sus sentidos lo traicionaban. 

—¿Qué pasa? ¿Has visto algo? —Preguntó Marta ante la reacción asustada del matón. Al igual que los otros no había notado nada, pero Pol se quedó quieto unos minutos, con los brazos caídos pero tensos y los puños cerrados. Había visto algo, sí. Pero lo que había visto, o lo que había creído ver no era posible. Marta se puso a su altura, mirándole preocupada. Pol dejó de prestar atención a la maleza. 
—Joder... Creo que he visto... —Se detuvo antes de terminar la frase, no parecía muy seguro de sí mismo.
—¿Qué? —Preguntó Paula desde más atrás. Todos podían ver que Pol estaba desconcertado.
—Nada, habrá sido cosa de mi cabeza. —Dijo sin más, girando sobre sus talones y volviendo junto al resto. Marta le siguió con gesto extrañado. No creía posible que alguien así se asustase por un “nada”.
Siguieron caminando durante unas horas más. De vez en cuando, Marta o Pol, iban consultando el mapa en las tabletas para saber cuando les faltaba para llegar al centro, y empezaban a sospechar que no llegarían ni en dos días. Y para añadir más emoción, la batería de las tabletas empezaban a morir, no alcanzarían ni hasta la noche. Desde hacía rato andaban por una zona bastante despejada, y el sol empezaba a sumergirse en el horizonte. Decidieron montar el campamento en un pequeño claro, encendieron una fogata en el centro, y se dispusieron al rededor. En todas la mochilas había raciones de sobra para la cena. Ninguno habló mucho durante el rato que estuvieron despiertos. Todos se estudiaban los unos a los otros. Pol, en su cabeza, estaba trazando un plan para lograr ser el único superviviente. Cuando todos se durmiesen, robaría el cuchillo de Marta, las raciones y el agua, y seguiría el camino solo. Los esperaría al final del trayecto, si llegaba mucho antes le daría tiempo a montar un par de trampas, y cuando ellos llegasen allí... Se recostó fingiendo estar dormido, el resto se acomodó también en el suelo mullido de hierba. Al poco rato podía oír las respiraciones pausadas de todos mientras dormían. Se incorporó haciendo el mínimo ruido posible. El primer objetivo era el cuchillo. Se rió para sus adentros pensando en la reacción de la chica al despertar. Entonces un guijarro cayó a sus pies. Venía desde atrás, de entre la maleza. Era evidente que alguien se lo había lanzado desde allí. Se quedó mirando hacía la espesura, pasado un momento un segundo guijarro salió de nuevo propulsado hacía él, impactando en su cabeza esta vez. Susurró un “¡ouch!” llevándose ambas manos al lugar donde había sido golpeado. Sin saber qué esperar dio un par de pasos hacia los arboles, quizás su plan de robo y fuga podía esperar a que le partiese la crisma al gilipollas que estuviese lanzado piedras. Cuando estuvo cerca de la vegetación la sensación de irrealidad que había experimentado al inicio de la caminata en la selva, volvió. De nuevo tenía frente a sí a alguien que no podía estar allí.  

—Ven aquí idiota, o harás que te maten.

De nuevo aquel sonido chirriante le martilleó el cerebro. Toni despertó de un sobresalto, no fue consciente del grito de terror que salió de su garganta, pero Marta sí. Aturdido y soñoliento cogió de nuevo los audífonos. Los miraba con gesto de extrañeza. Marta lo tomó con suavidad por las muñecas, ella le habló, y a pesar de que no podía oír lo que le decía, si pudo leer en sus labios un “¿Qué ocurre?”, colmado de preocupación. Con algo de pudor, trasteó los aparatos intentado que volviesen a funcionar con normalidad. Volvió a colocárselos.

—No pasa nada. Es que desde que estoy aquí estas cosas se han vuelto locas. —Dijo algo avergonzado. El rostro de Marta no cambió. Ella le miró con más atención. Marta empezó a acercarse despacio a él.
—¿Lo oyes? —Dijo la chica que susurraba desde su lateral derecho. Marta había situado su oído junto al de él, y parecía absorta escuchando el tenue murmullo que salía de su audífono.
—Sí, bueno. —Toni carraspeó un poco. —Ya te digo que no funcionan bien. Hay como... interferencias.
Marta cogió uno de los aparatos y se lo colocó en el oído.
—Es como la radio... —Dijo mirando a la nada, intentado concentrarse lo máximo posible en el ruido que emitía el aparato. Toni percibió entonces, que aquel siseo que sonaba como ruido blanco eran en realidad palabras. Con el dedo índice subió el volumen y entonces las oyó claras. Se trataba de una conversación indescifrable entre dos personas.
—¡Están hablando! —Emocionado subió también el sonido del audífono que Marta se había puesto, esta le devolvió una mirada entusiasmada. —Pero... ¿En qué idioma hablan?
–—No lo sé. No se parece a nada que haya oído antes. —Respondió ella. ―¡Eh! Chicos despertad, hay algo que...
Levantó la mirada hacia el campamento, pero con el susto y después la emoción no se había dado cuenta de que solo ella y Toni permanecían junto a la hoguera. No había rastro de los otros. Marta se puso en pie, inspeccionado mejor la zona, Toni la imitó sin comprender muy bien qué hacía.
—Es posible que se hayan marchado sin nosotros. —Dijo Toni. Aquella idea le agradaba más de lo que se atrevería a decir en voz alta. Pol le daba miedo, y Paula le parecía insoportable.
–—¿Con el calvito? Marta estaba segura de que algo no marchaba bien. —Me juego el premio a que no. Esos dos traman algo, y no será nada bueno. Vamos, hay que encontrarles.

Sin más se puso en marcha. Dio un par de vueltas al perímetro, y aún con la poca luz que daban la hoguera y la Luna, consiguió encontrar un rastro claro. A Toni le maravillaba cada vez más su pericia. La siguió como un perrito cuando se internó en el bosquecillo que quedaba a la izquierda del claro. Apenas habían caminado unos metros cuando un fuerte olor acre les goleó. Toni reprimió una arcada, mientras que la chica se limitó a poner una mueca de asco. Al final del camino de hojas aplastadas, el que Marta había definido como el rastro, se empezó a alzar un resplandor verdoso que se colaba entre la maleza e iba intensificándose a medida que se acercaban al lugar. El olor a vómito también iba creciendo.

Desde luego no estaban preparados para afrontar lo que había en aquella luz verde y fluorescente.

Apartaron las hojas con cuidado, y al acercarse la luz pareció vibrar, como si fuese consciente de su presencia. El ruido blanco en los audífonos se intensificó, junto con los incomprensibles murmullos, pero esta vez Toni no se sobresaltó tanto como las anteriores. Todo el conjunto era escalofriante. La luz emanaba de una masa medio  descompuesta que a su vez estaba cubierta de gusanos, todo envuelto en una gruesa pátina de baba. Toni se quedó petrificado a una distancia prudencial, Marta en cambio se acercó con paso lento. Frente a ellos y a contraluz, se recortaba la silueta de alguien que parecía estar sentado frente al grotesco espectáculo. Resultó  ser el calvo. Miraba divertido la escena. Con los dedos crispados cogía uno de aquellos gusanos, que también parecían refulgir con la misma fluorescencia, y lo apretaba hasta aplastarlo. Los restos del bicho le chorreaban dedos abajo hasta los codos. A él le parecía de lo más gracioso, ya que cuando el cuerpecito del insecto se colapsaba bajo la presión hasta que sus órganos y fluidos salían disparados al aire rasgando piel y carne, el hombre abría la boca y parecía reír a carcajadas. Unas carcajadas mudas y escalofriantes que hicieron estremecer a Marta. En un arrebato, la chica arrancó un ramillete de hojas y maleza de alrededor, y le limpió la mano al calvo. Toni al ver el gesto resuelto y maternal se preguntó si aquella mujer tendría hijos. Mientras eliminaba los restos de varios gusanos aplastados, Marta desvió la vista hacía la mole apestosa y brillante que tenían enfrente. Sin sorprenderse demasiado, pudo adivinar unas facciones ratoniles de lo que antes podría haber sido una chica arrogante e insoportable de un metro cincuenta y vestida de novia. Un ojo aquí, un brazo allá, unos rasgones de tul allí. Levantándose rápidamente, tiró de la mano del calvo, que obedeció al impulso poniéndose de pie y siguiendo a la chica, al igual que había hecho la mañana anterior en la playa.

—Ya no hay más que ver. —Dijo con tono grave. —Volvamos al campamento.
—Pero... ¿Y la novia? –Toni que no se había acercado a aquello, estaba desconcertado. —¿Y Pol?
—Eso es lo que queda de ella. —Respondió Marta señalando al montón de baba. —Y Pol me importa una mierda en este momento.

¿Aquello era Paula?”, la idea le cayó como un rayo. No por que acabase de entender que la chica había muerto, si no porque la idea del Juego se hizo muy real de repente. Todos podían morir allí. “Todos moriremos aquí”.

Sin más se dobló hacia delante y vomitó.

Continuará...


lunes, 30 de enero de 2017

La Isla - Capítulo 1 de 4 -

Un post de Marranenga. 
















La figura permaneció inmóvil durante horas. Oculta en la maleza, agazapada como un tigre, miraba a las personas desmayadas en la arena de la playa. Observando como la marea les mecía con suavidad, se mostraba paciente ante sus presas. Sabía que pronto despertarían, y entonces empezaría la juerga. Diversión de la buena.

Todos estaban tendidos sobre el suelo. Todos excepto uno. El hombre miraba al cielo desconcertado. No había hablado desde que despertase allí. Tenía la cabeza pelada, tampoco cejas o barba. La piel rosada por el efecto del sol estaba limpia de vello por completo. Aquel tipo extraño, de rodillas sobre el suelo, abrazándose con vehemencia y con la cabeza vuelta hacia arriba escrutaba frenéticamente el cielo azul. Buscaba pero no encontraba. Las olas le lamían las rodillas en cada nuevo avance, pero él con las manos crispadas, ahora sobre el regazo y ahora a los costados, era totalmente ajeno a su entorno. Solo miraba el cielo. Fue por esto que ni si quiera hizo gesto alguno cuando el hombre que estaba en la arena de bruces junto a él despertó. Este, algo más joven, levantó la cabeza desconcertado. Pronto entendió que salía de un largo trance, y ayudándose con las manos, se incorporó con pesadez. Notaba la boca pastosa. Moviendo la lengua acumuló saliva para después escupir un gargajo terroso. Echó un vistazo al rededor. No sabía dónde estaba. Notaba el cuerpo entumecido y la ropa húmeda. Miró al mar, brillante y tranquilo, pensó que no se parecía al que tenía en casa, pero cuando giró sobre sus talones dando la cara hacia la masa de arboles que parecía engullir la pequeña cala en la que se encontraban, quedó desconcertado por completo. No era capaz de adivinar dónde estaba. Apenas a dos metros a su derecha, vio al otro de rodillas con la cara vuelta hacía al cielo. Su cabeza calva y su cuello doblado en un ángulo extraño le conferían un aspecto anormal. Gritó para llamar su atención, pero al abrir la boca no oyó su propia voz. Notó el aliento salir de su boca y sintió sus cuerdas vocales vibrar, pero nada más. “Mierda” se dijo, “los audífonos”. Toni era sordo de nacimiento. De niño la disfunción no era tan grave, pero conforme según fue creciendo había ido a peor. Aunque desde que él recordara, había dependido de los audífonos para escuchar bien. No es que no oyese nada, pero si no los usaba hasta sus propios gritos se convertían en apenas un susurro, tal y como ahora estaba ocurriendo. Echó mano a los aparatitos, y desprendiéndolos de sus orejas, los inspeccionó. Uno estaba aún mojado, lo dejaría secar y con suerte volvería a funcionar. El otro resucitó tras toquetearlo un poco. Se puso primero el húmedo, y después el que sí funcionaba. Con el dedo empezó a regular el volumen, y de improvisto un chirrido agudo le martilleó el cerebro. De un manotazo se quitó el aparato, lo miró confundido, comprobó una vez más que estaba en buenas condiciones, y después volvió a mirar al cielo, intentando averiguar si había alguna antena o aparato al que se pudiese haber acoplado el audífono. Allí no había nada más que vegetación y mar. Además por su experiencia le parecía algo poco probable. Se lo colocó de nuevo con recelo, y el sonido del mar le embargó. Podía oír la melodía de las olas en su devenir, y los susurros del viento al mecer las ramas de los arboles detrás de él.

—¡Eh! ¡Hola! —Volvió a gritar, pero no obtuvo respuesta por parte del otro hombre. Así que echó a andar hacía él. Cuando estuvo a penas a unos pasos de distancia, vio que algo se movía en el agua más allá. En una primera impresión pensó que era alguien atrapado en una enorme montaña de espuma de mar, así que corrió para ayudar a quién quiera que fuese a liberarse, pero cuando llegó a su altura el asombro le dejó congelado. Una chica flotaba en el agua con su vestido de novia puesto. Estaba boca arriba, con los ojos totalmente cerrados y arropada por un sin fin de capas de tul blanco. Poco a poco, e igual que le había pasado a él, la chica fue despertando. Parpadeó un par de veces ante la injerencia del sol directamente sobre la cara. La primera sensación fue extraña, como si se encontrase dentro de una burbuja. Ni si quiera se movió. Toni se acercó hasta ella y la cogió por las axilas, levantándola un poco desde atrás para poder arrastrarla fuera del agua. La novia al notarse transportada por alguien, aún sin saber que ocurría empezó a gritar y alanzar manotazos a su alrededor como una histérica. Tanto fue así, que consiguió golpear a Toni en la cara, haciendo que uno de sus ojos comenzase a arder por el golpe. Este, instintivamente, la soltó. La chica cayó sobre la arena, dando un espaldarazo, ya fuera ya fuera del agua. Siguió gritando y pataleando como una energúmena durante unos minutos más. Toni se acercó a la orilla del mar y ahuecando las manos cogió un poco de líquido para refrescarse el ojo herido. Este también escocía, pero refrescaba a la vez, proporcionándole algo de alivio.
—¡¿Quieres dejar de berrear de una puta vez?! —Gritó alguien a su izquierda.

Un hombre y una mujer habían aparecido junto a ellos. Era probable que hubiesen visto toda la escena mientras llegaban hasta su posición. Toni les miró, sin saber que esperar. La novia, que indignada cerró la boca al instante, dirigió al hombre que había hablado una mirada de furia infantil, y al ver que este no se amilanaba ante lo absurdo de su gesto, arrugó los labios y empezó a sollozar resentida.

¿Quienes sois? Preguntó Toni con cautela.
—Esta es Marta, —Dijo señalando a la chica vestida con ropa deportiva que tenía a su lado.– Yo soy Pol. Hemos despertado allí, al principio de la cala, junto al acantilado.

Mientras hablaba señaló en la dirección opuesta en la que él había venido. El tal Pol parecía un malote sacado de la película de Grease. Camiseta oscura, vaqueros y botas. Además de los brazos copados de tatuajes talegueros. En cambio Marta, con sus pantaloncitos negros cortos, su camiseta de micro-fibra, y las zapatillas, parecía preparada para correr una maratón. Ambos llevaban a la espalda una mochila negra, él colgada por un asa, ella con las dos bien puestas sobre sus hombros. Toni se presentó, dando la mano a ambos, por su parte la novia dijo llamarse Paula, mientras sorbía mocos llorando sentada sobre la arena.

—¿Y ese? —Preguntó Marta señalando con la cabeza al calvo, que seguía mirando al cielo con gesto vehemente.
—No lo sé. Parece que está un poco ido, he intentado hablarle, pero nada. –Respondió Toni.

Pol soltó un resoplido, y se encaminó hacía el hombre arrodillado en la arena. Toni y Marta le siguieron a una distancia de diez pasos. Cuando el matón hubo llegado hasta él, se agachó clavando una de sus rodillas en tierra, situándose frente a frente con el hombre.

—Eh... Eh, tú. —Dijo mirándole directamente. Había acercado tanto su rostro al del calvo que parecía que iba a darle un beso. No obtuvo respuesta alguna. ¡Eh! ¡Que te estoy hablando! Dijo algo más airado ante la indiferencia del otro, aún así el pelón siguió mirando el cielo. Pol dejó caer la mochila que llevaba al hombro, y con las dos manos lo agarró por la cabeza, obligándole a erguir el rostro y a mirarle directamente a los ojos. Este fijó sus pupilas verdes en Pol durante un momento, y como si no hubiese visto nada, empezó a forcejar y a girar los globos oculares nuevamente al cielo. A Pol no pareció gustarle que el otro le ignorase, así que apostó ambas rodillas en la arena, y asiendo la cabeza con más fuerza empezó a gritar burlón:

—¿No hay nadie ahí dentro? ¡¿Eh?! —El pelado seguía sin prestarle la más mínima atención, así que Pol se puso a zarandear la cabeza del hombre con fuerza mientras gritaba divertido y malicioso.— ¡Batido de coco! ¡Batido de cocooooo...!

Los dos que venían detrás, al verle reaccionar de aquella forma violenta, corrieron al grito de “Déjale en paz”. Marta, que llegó la primera, consiguió separarlos empujando al matón hacia atrás, que cayó de culo sobre la arena de la playa, y Toni había conseguido colocarse de rodillas frente al calvo e intentaba tranquilizarle ya que ahora lloraba con los ojos cerrados, agarrándose la cabeza con ambas manos, con la boca desencajada pero sin emitir el más mínimo quejido. Aquel llanto silencioso le desconcertó. Pol recuperó la compostura, y no dudó ni un segundo en echar el cuerpo hacia adelante para enfrentarse a la runner, pero de repente una carcajada tras ellos los sorprendió. La novia había observado toda la escena y ahora reía a pleno pulmón, como si acabase de ver lo más gracioso de toda su vida. Pol, soltó una risa divertida acompañando a la chica, y dio dos pasos hacia atrás, cogiendo de nuevo la mochila negra y replanteándose su postura. Marta los miró y dijo por lo bajo “Vaya par de idiotas”.    

—¿Qué le pasa? ¿Es sordo? —Preguntó Marta a Toni, agachándose junto a ellos y también extrañada por el llanto mudo del calvo. Toni sin mirarla se señaló uno de los audífonos, y contestó:
—Jamás he visto a un sordo llorar de esa forma, debe ser otra cosa.
Ella asintió, comprendiendo al instante a qué se refería el joven.     

“Batido de coco”, susurró quien se ocultaba entre las sobras y la vegetación. Llevándose la mano a la boca para amortiguar el sonido, rió por lo bajo ante la broma cruel. Consiguió serenarse, y nervioso cambió el peso de una pierna a la otra. Volvió a observar a sus presas, sopesando que debía hacer a continuación. Llegaba el momento de ponerse en marcha. El juego empezaba.


Continuará...