domingo, 5 de febrero de 2017

La Isla - Capítulo 3 de 4 -

Un post de Marranenga.















Tardó en incorporarse. Marta, con el calvo agarrándole la mano, esperó a que aquel ataque de pánico terminase. Para ella también habían cobrado importancia el tablero y los jugadores, pero no era una cabrona. Esperó paciente, y cuando Toni se acercó hasta ellos limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, ella se limitó a ponerle una mano sobre el hombro y guiarlo hasta el campamento.

A paso lento volvieron junto a la hoguera. Aún no habían llegado hasta ella, y Toni volvió a notar las interferencias en sus audífonos. Con la diferencia de que esta vez no eran palabras desconocidas, si no que alguien estaba hablando en una lengua que él reconocía. Dio más volumen a los aparatos.

“Eso es lo que vas a tener que hacer, rebanarle el cuello o él...”

Toni se detuvo en seco, ¿Rebanarle el qué a quién? ¿A Toni? Marta lo distrajo señalando un bulto agazapado junto a los árboles.

—¡Eh! ¿Quién demonios hay ahí? —Gritó la chica a la oscuridad. El bulto se movió inquieto. Se irguió y camino hasta ellos. Cuando estuvo cerca de la luz que arrojaban la mortecina hoguera, todos pudieron distinguir las facciones de Pol. Hubo un momento de silencio mientras se inspeccionaban. El rostro del hombre parecía más crispado que antes, pronto esbozó una sonrisa ancha y falsa, que a Marta se le antojó peligrosa, como de tiburón. Por su parte el grupo de tres tampoco tenía buen aspecto. Toni aparecía lívido y sudado debido al susto. Marta, que era la más serena del grupo, también reflejaba algo de miedo, no en el rostro, pero si tenía todos los músculos en tensión, dispuesta a dar el salto en caso de que fuese necesario. Y el calvo que pareció no reconocer a Pol, le miraba fijamente, con los ojos verdes puestos en él. Tenía restos de bicho luminoso incrustados entre las uñas, lo que las hacía brillar tenuemente, y el matón podía jurar que sus ojos resplandecían también.

—Pensaba que me habíais dejado tirado.— Dijo con fingida simpatía.
—Paula a Muerto.— Empezó Marta. —No sabemos cómo, pero está allí atrás. ¿Dónde estabas tú?
—¿Yo? —Ahí venía la excusa de Pol. —Fui a echar una meada, y cuando volví os habíais pirado.

Marta asintió en silencio. No pensaba discutir con aquel tipo, y menos aquella noche. En pocas palabras resolvieron volver a dormir, y al día siguiente continuarían la marcha. Todos necesitaban descansar. Pol estaba ya recostado, y Toni le miraba fijamente. Una idea había germinado en su mente, y no podía librarse de ella.
—¿Y a ti que te pasa? —La pregunta de Pol le asaltó, Toni no quería confrontación, pero sabía que si no se lo preguntaba no podría dormir.
—¿Estabas hablando con alguien? —Preguntó sin más y a bocajarro. Como respuesta solo obtuvo un “Tú debes ser gilipollas” entre dientes. Pol se acostó dándole la espalda. “Si es que no sé para qué digo nada” Se recriminó Toni.

El hombre se acercó sigiloso hasta Marta. No estaba saliendo todo como él esperaba, pero tampoco estaba yendo mal. Había sido una buena idea hablar con ese tío, y con un poco de suerte podría encargarle a él el trabajo duro. Observó el pecho de la chica subir y bajar con cada respiración. Dormía profundamente.“Sería tan fácil romperle el cuello ahora”. Pero no. Era mejor robarle el cuchillo, y dejar que todo siguiese su curso. Que no hubiese empezado igual no significaba que no acabase de la misma forma. Rebuscó entre las pertenencias de ella, y dio con el arma. La cogió, y de nuevo regresó a su refugio vegetal con el mayor de los sigilos.   

Contra todo pronóstico cuando se levantaron, ya hacía rato que había amanecido. Pol fue el primero en despertarse. Lejos de haberse ido, o haberlos despertado, estaba simplemente mirándoles dormir. Tenía una expresión ceñuda en el rostro. Poco a poco, todos se fueron quitando de encima la modorra. Marta y Toni recogieron el campamento mientras Pol les esperaba de pie al borde de la arboleda, unos metros más allá.

—No me gusta. —Dijo Toni, refiriéndose al matón. —Tiene algo... Raro.
—Sí, yo también se lo noto. —Contestó la chica.
—¿Crees que tuvo algo que ver con...? —Toni hablaba ahora en voz baja, intentado evitar el contacto visual con Pol. —Bueno, con lo de Paula.
—No lo sé. Estaremos al tanto.
Añadió Marta, y sin más le hizo una señal para que se pusieran en marcha. Los dos caminaron en dirección a la arboleda, donde el otro les esperaba, seguidos por el calvito, que aunque más sosegado, seguía lanzando miradas inquisitivas al cielo de vez en cuando.

Pol les informó de que había investigado la zona, más a su derecha se encontraba el riachuelo que habían visto en el mapa, no era muy caudaloso, y podrían seguirlo hasta lo que él   creía que era la meta. Llegarían al centro al caer la noche, o como muy tarde al día siguiente por la mañana. El matón estuvo parloteando durante toda la mañana de lo más cordial. Definitivamente había algo en él que no era como el día anterior. Si se les había presentado osco y chulesco, ahora intentaba disimular todo aquello bajo una máscara de simpatía que no iba a juego con sus botas de patear culos. Incluso intentó ayudar al calvito a cruzar algún paso más complicado, pero este que al parecer también intuía que algo no marchaba, se lo quitaba de encima sacudiéndose como un perro mojado.

Habían caminado ya un buen rato, cuando Marta se puso tensa. Se olvidó de Pol y  de la chica muerta, y prestó atención a la maleza que los envolvía. 
—¿Qué pasa? —Preguntó Pol nervioso. Todos se detuvieron.
—Creo que hay algo ahí. —Respondió ella en voz baja. 
Pol, obviando el sigilo de la chica, empezó a vociferar: “ahí no hay nada” “Eres una puta loca”, y a hacer aspavientos, como queriendo reclamar la atención de sus compañeros. Ellos no lo sabían, pero si entre la maleza estaba lo que Pol sospechaba, mejor sería convencerles de que no era nada. Pero lo que fuese aquello le jugó una mala pasada, y los arbustos y los matorrales empezaron a moverse evidenciando que allí sí que había algo. Todos quedaron expectantes cara a la vegetación. Pol cerro la boca y apretó los puños, dispuesto a presentar batalla, Marta se puso en tensión, ya que eso parecía ir directamente hacía ellos a gran velocidad. Todos excepto el calvo, que parecía no comprender, estaban asustados. Cuando los arbustos que estaban a un par de metros de ellos empezaron a temblar, un gruñido agudo desgarró el tenso silencio del grupo. Un enorme jabalí salió de entre las hierbas, corría como un toro bravo directamente hacía el grupo. Cuando el animal les iba a alcanzar, Pol se echó hacia atrás, empujando a Toni y el calvo y poniéndolos a salvo con este gesto involuntario. Marta también esquivó al cerdo con un salto grácil y calculado. Se echó a un lado, y se descolgó la mochila buscando su cuchillo. El jabalí, de unas proporciones enormes y con dos grandes colmillos coronando su hocico, pasó de largo, tras un frenazo logró reducir la inercia de su embestida, y se dio la vuelta dispuesto a atacar de nuevo. Flexionó las patas, y emepezó a correr hacía ellos.
—¡No encuentro el cuchillo! —Gritó Marta.— ¡No está!
Pol y Toni la miraron horrorizados. Sin el cuchillo, y si el animal persistía en su ataque, aquello no podía acabar bien. Toni intentó gatear hacía atrás, pero tropezó con algo. Alzó la mirada, y se encontró con el calvo. Este se dirigía hacía el animal con paso tranquilo, y se había armado con una gran rama nudosa. El jabalí enfurecido fue directamente a por Marta, pero el calvo le salió al paso, y con una pasmosa rapidez, le asestó un golpe con el leño. El primer impacto pareció no tener mucho efecto, pero al menos el cerdo dejó de correr, sacudió el cabezón y dio un par de pasos en dirección al hombre. Este esbozó una enorme sonrisa de satisfacción, y volvió a golpearle con la rama. Esta vez le reventó un ojo, y le produjo una profunda laceración en el costado derecho de la cabeza. El jabalí chilló dolorido y enfurecido. Pero el calvo no perdió el tiempo en lamentaciones. Volvió a descargar el palo contra el cráneo del animal, una y otra vez, mientras el resto lo miraban asombrados. El cerdo cayó al suelo doblando las patas delanteras, chillando de dolor, pero el hombre no se detuvo. Continuó golpeando, la sangre salía disparada hacía el cielo cada vez que el palo se alzaba. El calvo golpeaba con tanta fuerza que la rama se rompió. Pol, cuando vio el destrozado cráneo del cerdo, estalló en una carcajada nerviosa. Marta reaccionó con más humanidad, y se le acercó por detrás, y puso las manos sobre las del calvo, intentado que se detuviese. El jabalí ya había pasado a mejor vida. De echo, los pedazos de su cráneo destrozado rezumaban por los suelos, mezclándose con la tierra y los hierbajos. El calvito dejó de golpear, y miró a Marta complacido. Esta le devolvió una mirada de desconcierto. Se había comportado de una forma irracional, y había demostrado una fuerza muy superior a la que debería tener un hombre de su constitución, y ella no sabía que pensar al respecto. 
—Creo que estaba rabioso. —Dijo Toni. Marta y Pol le miraron. —Mira la espuma que tienen en la boca. 
Marta se olvidó del calvo, que ya había bajado su arma, y se agachó junto a lo que quedaba de la mandíbula del cerdo. El calvo la imitó, se agachó aún más sobre el cadáver y le metió el dedo indice en la boca. Aquello también le divertía. La chica intentó no prestarle atención, aunque verle revolviendo con el dedo en la boca reventada de un jabalí muerto le producía arcadas. Observó de cerca la espuma a la que se refería Toni, y determinó que se parecía mucho a la baba que habían hallado sobre el cadáver de la novia la noche anterior. “Quizás se alimentó de los restos y eso lo volvió loco...” Emepezó a divagar Toni. A ella poco le importaba el como. Pol zanjó la situación: 
—A mi me la suda. —Dio una patada contra el lomo inerte del jabalí. —Ahí te pudras. 
Sin decir nada más se puso en marcha. Todos lo siguieron sin discutir. 

Tras el encuentro con el jabalí llegaron hasta el riachuelo que les había indicado Pol. Nadie había hablado desde entonces. Decidieron hacer un alto para rellenar las cantimploras.

—Echaré una meada. —Dijo el matón sin más, señalando la arboleda que quedaba a la derecha del río. —Vuelvo ya.

Se dio la vuelta alejándose sin dejar de echar rápidos vistazos hacía los que se habían quedado a la orilla. Toni y Marta se miraron preocupados. Aquella sensación de peligro no dejaba de crecer en el interior de ambos. Marta, aún sin relajarse se agachó sobre el torrente fresco y limpio para zambullir ambas manos y refrescarse brazos y cara. Justo tenía el rostro entre las manos ahuecadas y repletas de agua, cuando oyó el grito desgarrador de Toni “Otro jabalí mutante, no. Por favor, no”, se decía el muchaho. Pol salió en tromba hacia ellos desde los arboles, armado con el cuchillo de caza que Marta no había logrado encontrar, y se había lanzado como una fiera sobre el calvito. Toni al verlo llegar pensó que iba a por él, y se lanzó de culo hacía atrás gritando como si viese al demonio con machete. El calvito, aún sin emitir ningún sonido, consiguió agarrar a Pol por las muñecas y con una fuerza tan impropia como la que demostró antes, forcejeaba para alejar al hombretón y su cuchillo de su cuello. Marta también reaccionó rápido, cogió una enorme piedra redonda y mohosa de la rivera del río, dio dos zancadas hacía los hombres tendidos en la tierra que peleaban entre sí, y a Pol que estaba sobre el calvo, le golpeó con la piedra tan fuerte en la cabeza que el “crac” de su calavera al romperse resonó por todo el lugar. El cuerpo muerto de Pol se derrumbó sobre el calvo, que desconcertado por el repentino cambio intentaba mirar a Marta a contra luz, de pie junto a él. Rápidamente, y con la ayuda del calvo desde abajo, la chica empujó al muerto a un lado. Al caer sobre sus espaldas, su pierna derecha se movió en un último espasmo, pero aún así permaneció sin vida mirando al cielo con los ojos vidriosos. De la coronilla empezó a salir una masa sanguinolenta y gris, que poco a poco fue llegando hasta el riachuelo, tiñéndolo de rojo.

—Por dios... Marta. ¿Está muerto? —Preguntó Toni, aturdido.
—Yo no... —Consiguió decir con un hilo de voz. Una lágrima le resbaló por la mejilla. No podía creer lo que había pasado. Si bien era cierto que no sentía ninguna simpatía hacia Pol, nunca había sido su intención matarlo. “Aunque de todas formas...”  Sacudió la cabeza, intentando deshacerse de esos pensamientos. Por fin soltó la piedra ensangrentada. 

Aunque de todas formas, habría llegado el momento de él o yo”  

Él o nosotros”. Se corrigió mentalmente. Se llevó ambas manos a la cabeza, aún sin poder apartar la vista del cadáver. Valorando las terribles – o no – consecuencias de lo que acababa de pasar. Toni le puso la mano sobre el hombro derecho. El contacto la devolvió a la realidad. Ella le miró directamente a los ojos, y en ellos no vio reproche, pero si miedo. Y agradecimiento. De aquella forma supo que debían continuar. Llegar al centro era la única esperanza de salir de aquella pesadilla. Marta se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Tenía la cara empapada a pesar de que no había sido consciente de haber llorado. Se colgó una mochila sobre los hombros, e inmediatamente Toni hizo lo mismo. El calvito golpeaba divertido la cabeza del muerto con el dedo índice. Consiguieron que se levantase del suelo, y mientras Marta le ponía de nuevo la mochila sobre la espalda, Toni dijo:

—Marta, mira. —Señalaba una pequeña señal oscura en la sien derecha de Pol. Era un pequeño orificio chamuscado de apenas unos milímetros de diámetro, al rededor tenía como otra marca circular más enrojecida. Marta se agachó para inspeccionar aquel agujero extraño. Descubrió que tenía otro en la sien izquierda.
—¿Antes tenía eso ahí? —Siguió diciendo Toni. —Parece como una quemadura, pero más profundo. ¿Cómo se lo habrá hecho? No creo que haya sido ningún insecto.

Marta apenas lo escuchaba parlotear, pero efectivamente “eso antes no lo tenía”, le inspeccionó el cuello y las muñecas, en ambos lugares tenía marcas enrojecidas que sugerían algún tipo de atadura. Algo raro estaba pasando. Aquello no era posible, ya que no se había alejado del grupo más de un minuto. Dos a lo sumo. Para hacerse aquellas marcas, y más las de la cabeza, debería requerirse más tiempo.

Aquella sensación de peligro volvió a ella.

—Pongámonos en camino. —Dijo Marta secamente. —Quiero acabar con esto ya.

Toni la miró extrañado, más allá del cómo, le fascinaba el qué podría haber impreso aquellas marcas. No se planteaba que pudiesen ser un peligro para ellos. Pero seguro bajo el mando de Marta, obedeció sin más. Los tres jugadores comenzaron a andar, expectantes y temerosos de lo que les pudiese esperar en el camino. Habían recogido todas sus cantimploras. Al alejarse del cadáver, el destello en la hoja del cuchillo olvidado entre la hierba del suelo pareció despedirles.

“Mierda”. El otro había dicho que aquello no sería así. Ahora no podía volver. “¿Qué hacer?” Se preguntaba el hombre, oculto entre los árboles. Ver la muerte del otro le había horrorizado. ¿La cosa iba a ser así de fácil allí? Pues bien. Jugaría sucio, era lo que mejor sabía hacer. Los seguiría, y cuando menos lo esperasen, los aplastaría uno por uno.

Continuará...


jueves, 2 de febrero de 2017

Sabine - Parte 2 de 2

Un post de Balasero





















Desde el fatídico día en que llegó a saber que tras seis meses en coma perdió al niño que aquellos hijos de puta germinaron en sus entrañas.
Desde que fue consciente de todo aquello, perdió el contacto con la realidad, y paseó por el páramo de la locura intentando hallar un claro en el gris cielo, sumida en la apatía, sin atisbar la salida donde se hallaba su razón.
Caída en una desesperación sin nombre, regresaba hasta aquel hueco de tierra mojada cada vez que en la estantería de su memoria asomaban aquellos difusos recuerdos. Y allí, enraizada en aquel mugriento orificio, permanecía durante días enteros. Hasta que tras meses de tratamiento y ayuda sicológica, comenzó a percibir que en algún secreto rinconcito latía una menguada burbuja de paz. La buscó con ansia infinita, tras cada recodo, bajo la polvorienta capa de apatía en que se convirtió su existencia.

«Me consume haberte tenido y no tenerte. Me mata sentir que te encuentras tan cerca, con mi sol robado entre tus manos».
«La cama es mi blanca barcaza fúnebre, donde cada día muero y viajo hasta ese páramo, donde la inocente criatura sin rostro ni nombre me aguarda sonriendo, exhibiendo abiertamente un corazón marchito y reseco entre las negras palmas».
Aquella criaturita tan próxima, tan sola; tan lejana, y tan suya que cuando la mira desde su interior la ve difuminada por las sombras de la duda, por las lágrimas de amor que sangran en su alma, ese alma hecha jirones de dolor.
Ante la inhumana injusticia cometida con esa vida, que nunca llegó a serlo, se llena de amor sincero que duele y crece como una agónico cáncer, sin remisión.
Año y medio después fue dada de alta en el siquiátrico penitenciario donde terminó internada tras el juicio por la muerte de Rolf Schmitz. No se la pudo responsabilizar directamente de lo sucedido, aunque había pruebas suficientes para situarla en aquel maldito aparcamiento. Su primo, Dieter Johansen, nunca abrió la boca; fue condenado por robo con fuerza y homicidio en grado de tentativa. El turco movió sus influencias para librarse de la cárcel, inculpando a un miembro de su organización, previamente gratificado con la promesa de que su familia seria debidamente atendida, y con un plus de medio millón de euros tras cumplir la condena.
Del secuestro y violación de la menor Sabine Lüders nunca se hallaron pruebas concluyentes que condujeran a ninguna detención. Tras las exhaustas investigaciones y registros llevados a cavo en el entorno de Yusuf Murat y de Hüseyin Osman únicamente se consiguió desmantelar la red de distribución del primero, aunque de nuevo Yusuf Murat logró eludir a la justicia gracias a la corrupción jurídica, a los numerosos errores cometidos durante el desarrollo de las pesquisas policiales, y a la contratación de renombrados y mediáticos letrados con pocos escrúpulos y carteras hambrientas. El jefe de la organización que distribuía la heroína de Hüseyin Osman fue exiliado de Berlín por el consejo de ancianos bajo pena de muerte. Yusuf se afincó en Munich, donde comenzó la construcción de otra red de narcotráfico.
 El veinticuatro de diciembre de 2002 Yusuf Murat apareció degollado y con el pene mutilado en un anónimo burdel al norte de la capital Bávara. El rumor en la calle hablaba de una misteriosa mujer pelirroja que nunca antes, ni después, volvió a ser vista por el clandestino lupanar. Las autoridades policiales no movieron ni un dedo por resolver el caso, quedando las diligencias archivadas en ese oscuro rincón donde nunca se encuentra la llave.
Aquellos que la llegaron a conocer nunca más supieron del paradero o de la suerte que llegó a correr la joven Sabine Lüders.

*****

Distrito de Lerchenau West. Munich. Alemania. 23/12/2002. Sábado.11:45 pm.

«¿Estás segura de que ésta es la mejor manera?».
 «No hay otra forma».
«Pero…». Hizo una pausa para pensar, la cabeza le iba a mil revoluciones por segundo, el vértigo de su mente, todo aquel ruido…
«¿Saldré de esta, estás segura?».
Nunca tuvo la certeza, pero Sabine siempre la idealizó como a algo femenino.
«Totalmente. ¿Acaso en estos dos años te he fallado alguna vez?».
El silencio que siguió al reproche oprimió la mente de la joven, la presión similar a dos yunques en las sienes, la obligó a apoyarse en un viejo Wolkswagen familiar totalmente helado.
«Que yo sepa, has llegado hasta aquí, y sola nunca lo hubieras logrado. El rastro de este cerdo es complicado de seguir, hasta para mí».
«Sí, lo siento, perdona… nunca debería haber dudado de ti. Has sido mi única compañía desde que ocurrió todo aquello. Mi niño, sin ti jamás hubiese podido encontrar su camino».
«Su cuerpo, al igual que su vida, son tuyas. Pero recuerda que lo has de hacer. Su alma me pertenece».
«Lo sé».
Quedó inmóvil ante el edificio de nueve plantas, que siniestro, erguía su mole de cemento gris en medio de la imponente tormenta de nieve. Impávido, exánime, ajeno a la descarga invernal que parecía empeñada en doblegar su espíritu. Apenas cinco luces iluminaban la faz del edificio, pareciendo el rostro de un dios aletargado, una siniestra trampa para ratones, una invitación al desasosiego.
Sabine cerró los ojos y alzó la cara, ofreciéndola a la helada dádiva. Intentó dejar la mente en blanco, apartar todo aquel ruido de fondo, desatender los murmullos que se abrían paso entre las brumas del más allá, para concentrarse tan solo en la familiar voz de su «mecenas y amiga». Abrirse a ella, y dejarla penetrar hasta lo más sagrado de su ser. El tembleque de las piernas no solo era producido por el intenso frío, o por los escasos ropajes que la cubrían. La perspectiva de entregar lo más sagrado de sí misma a un ente ajeno a su alma le aterrorizaba. Insegura de cuál sería el resultado de aquella intrusión, se dejó hacer, pues resultaba ser la única manera que conocía para lograr su fin. Al abrir los ojos ya no lo hizo como Sabine Lüders, sino como la mitad de Agneta Nadel, su despiadada Doppelgänger. Su doble fantasmagórico, la otra cara de su moneda.
La Bilocación estaba completada, Sabine quedó sentada en el suelo, ya no sentía frío, ni ansia, ni temor. Sin embargo, sentía la sedación  que otorgada el Doppelgänger al resto de su alma; aturdida y sin fuerzas se abandonó a la oscuridad que le abrazaba. Mientras, desde la caliginosa película que cubría su mirada, observaba a su perfecta doble alejarse entre la tormenta, pudo volver a escuchar aquella familiar voz que había estado con ella desde que fue ingresada en el siquiátrico penitenciario.
«Ahora querida mía, podrás disfrutar de mi punto de vista».
Las escasas farolas circundantes en aquel apartado barrio muniqués apenas lograban atravesar la cortina blanca derramada desde el cielo. Los dos matones que  se refugiaban bajo la marquesina de la puerta principal de acceso, bailaban la danza del frío, junto a un oxidado bidón que apenas conseguía mantener unas pocas ascuas encendidas. Demasiado ocupados en mantener el calor corporal, no habían recalado en la presencia de la flaca pelirroja del otro lado de la calle. Ese fue su primer error.
El segundo fue dar por sentado que la frágil y desvalida chica con aspecto de yonki que se les acercaba por la explanada del parquin iba a ser quien les quitara el frío del cuerpo. Con una mirada ambos hombres reafirmaron su insana intención. Ella, por su parte, exageró el tembleque a medida que caminaba con erráticos pasos, comenzando así la criminal parodia. La Doppelgänger se detuvo a escasos cincuenta metros de los tipos, que la animaban a continuar con desmedidos gestos.
—¡Vamos, un poco más! —gritó el más barbudo.
—¡Ánimo, guapa! —rió el más alto.        
Los marcados acentos de los hombres le revolvieron las tripas. Se detuvo, y antes de dar el siguiente paso pudo ver en sus almas el oscuro destino que le reservaban. La mera imagen de aquellas bestias copulando sobre el cuerpo de Sabine, otrora el suyo, le hizo vomitar. Bilis y grumos blancos, humeantes, densos, cayendo y derritiendo la nieve bajo sus delicados pies. Doblada sobre su abdomen observó a los desgraciados porteros sin levantar la cabeza, les vio acercarse, hablaban entre ellos en algún dialecto árabe. Grotesco y sucio. Vomitó de nuevo. La Doppelgänger, sintió en ese alma prestada, todo el horror de los abusos sufridos por aquella que la engalanó con la piel y los huesos que ahora vestía.
Aparentando un vahído cayó desmayada, lánguida, a cámara muy lenta, sobre el helado piso. Los hombres desvirgaron la noche con sus estridentes risas, convencidos de su captura, lo iban a pasar genial, iba a ser sucio, duro y sin piedad. La Doppelgänger aguantó los escasos segundos que su instinto le permitió, antes de que la nieve comenzase a hervir bajo su cuerpo. La Ira había llegado.
El viento y la tormenta golpeaban con fuerza contra la ventana del séptimo piso, cuando Yusuf Murat volcaba una medida de whisky en la abierta y dilatada vagina, para comenzar a beber de su interior. La zorra reía afónica y ronca por la forzada postura que la obligaba a mantener el peso y el equilibrio del cuerpo sobre su cuello. Roja por el encane y con los sentidos embotados por la cocaína, aquello que le estaba haciendo su jefe le parecía de lo más gracioso. Yasmine, la otra furcia, se afanaba en sacar brillo al sable turco con rápidos lametones. Rashid, el guardaespaldas, se sentó en la butaca junto a la puerta, aburrido de las veces que había contemplado escenas similares, y demasiado fumado de crack como para sentir la más mínima excitación sexual. En teoría, su labor consistía en vigilar la entrada, pero su dilatada experiencia de más de quince años como escolta de capos de la droga, le decía que en noches como aquella nunca ocurría nada, nada que su jefe no quisiera que ocurriese. En esas, aflojó la cincha de su cintura, desenfundó el arma del costado para apoyarla con cuidado en el regazo, y se reclinó hacia atrás, dejándose llevar por la nube carmesí que flotaba dentro de su cabeza. Imaginó la nube brotando por sus orejas y en elegantes hilos carmesíes rodear su testa en una suerte de borrasca de placer. No como la mierda de tormenta alemana que golpeaba tras aquellos cristales. Echó de menos su Turquía, su pueblo, y a su dulce hermana.
––¡Alá me bendiga! ––Alcanzó a mascullar el barbudo turco, al detenerse junto a la menuda chica tumbada en el suelo.
No alcanzaba a comprender cómo se había derretido la nieve bajo el cuerpo de aquella zorra, ni como un círculo de bullente magma blanco la rodeaba. Y no sólo era eso lo extraño, sino que todo cuanto caía del cielo parecía evaporarse a medio metro de su ser.
«Y está nevando con ganas», pensó el más alto.
Ambos cruzaron sus incrédulas miradas, sin saber qué hacer. El más barbudo se encogió de hombros, el alto la volvió a mirar. Una parte de él deseaba correr. La otra, la animal y masculina, quería follar y hacer sufrir todo lo posible a aquella putita blanca. La Doppelgänger les «veía» dudar, estaban tardando demasiado y La Ira pugnaba por liberarse. Agneta ardía, y el cuerpo de Sabine sudaba copiosamente. Si tardaban un poco más, acabaría consumiéndose en su propio fuego. La Ira cobraría su presa, y la cobraría en su mismo cuerpo. Decidió moverse, jugar una última carta, darles la motivación necesaria. Ella no podía atacar, no sin antes ser agredida, o ver manifestada una intención clara de ello. Esa era la Ley, la puta Ley Eterna.
Entreabriendo los ojos, la Doppelgänger suspiró, y en un calculado y en apariencia casual movimiento, separó ambas piernas, mostrando la impudicia de unas braguitas blancas, casi transparentes por la humedad del sudor que la invadía.
—Katherina eviscerada. ––dijo el más alto con una estúpida sonrisa en su turco rostro.
––Katherina eviscerada. ––replicó el más barbudo en su tosco alemán, agachándose para recoger a la chica del suelo.
«Katherina eviscerada», la frase le asaltó, rechinando como un mal lubricado engranaje por la aturdida consciencia de Rashid. Abrió los ojos alarmado. En la penumbra de la habitación de aquel burdel de mala muerte, el jefe cabalgada sobre la puta del whisky, mientras esta hundía su cara en la entrepierna de la otra zorra. «¿Acaso no iban a terminar en toda la noche?», se dijo. Algo estaba mal, alguna jodida cosa no encajaba. No sabía qué era, y la incertidumbre le puso aún más nervioso. «¿Por qué resonaba en su interior aquella maldita consigna que Yusuf largó al terminar de darle su merecido a la putita blanca de Berlín?».
La comunión entre etéreo y material, la conjunción del deseo y el destino, el éxtasis sublime de calmar el atávico ímpetu, eclosionaron en una vorágine de fuegos de artificio, en el mismo instante en que las vísceras de uno de los hombres inundaron el rostro muerto de su compañero. Agneta sonreía ampliamente, satisfecha, exultante. Sabine, acurrucada en un portal al otro lado de la calle, lloraba sin consuelo. Las sensaciones, el horror, la agonía de aquellos hombres habían viajado hasta su interior. Lo que alimentaba a la Doppelgänger era precisamente eso, la angustia y la violencia ejercida sobre sus víctimas. Y aquello no era bueno, lo sintió en su alma, la desgarró. En ese preciso momento fue consciente, supo del error que había cometido.
El inhiesto sable turco de Yusuf alternaba de boca a boca en una sucesión de lenguas, labios y espesas salivas que las dos rameras regalaban con gusto, cuando algo más fuerte que la tormenta golpeó el exterior de la ventana. El jefe apartó a una de un manotazo, y tumbando a la otra se sentó sobre su cara para contemplar atónito lo que nadie en su sano juicio podría dar por cierto.
––Rashid, ¿estás viendo lo mismo que yo?.
El sicario recuperó la verticalidad, y movido por puro instinto empuñó el arma contra la ventana.
––Jefe, es una… es una…
Una cabeza barbuda de cuya boca colgaban entrañas e intestinos golpeaba sin cesar por la cara expuesta de la helada cristalera, parecía zarandeada a capricho del temporal, como el resto de un naufragio golpeando contra las rocas de la costa a merced del oleaje. Rashid, acostumbrado a situaciones extremas, fue el primero en advertir que allí afuera había algo más, una etérea figura, oculta tras el manto de nieve que azotaba la noche.
––Jefe, ¿lo ve?.
Unos ojos brillaron en la oscuridad, y tras el destello, la cabeza sin cuerpo atravesó el vidrio. «Hammed, el de la puerta», pensó Rashid, y sin pensar más disparó cinco veces. La cercenada testa reventó como un melón a la tercera y cuarta bala, las otras tres se encajaron en una lamparita de noche, y en el cuello de Yasmine.
––¡Detrás de mí, jefe! ––gritó el sicario. La nube escarlata, Turquía, y su dulce hermana habían desaparecido.
La Doppelgänger penetró en la habitación movida por el viento, majestuosa y eterna. Flotaba sobre el cadáver de la infortunada zorra, mientras la puta del whisky se acurrucaba tras ella en un rincón, intentando hacerse pequeña, desaparecer.
––Hola hurón ––saludó la recién llegada––. ¿Me recuerdas? Vamos a jugar. Ésta, es una noche de evocación…
Abajo, en la tormenta, Sabine lanzó un grito de terror.

La Isla - Capítulo 2 de 4 -

Un post de Marranenga. 














Después de la primera toma de contacto acabaron todos sentados alrededor de la novia. Más inflexible que el calvo que parecía no entender, Paula juró que no se movería de su sitio hasta que viniesen a buscarla y a llevarla de regreso a casa. Toni estuvo varios minutos intentado comunicarse con el calvo, pero este apenas le prestaba atención. Le hizo algunos de los gestos de la lengua de signos, pero el calvo le miró sin mostrar ninguna emoción, lo que refutó la teoría de Toni sobre que lo que le ocurría a aquel hombre debía ser otra cosa. Resultó que todos habían sido abandonados en la playa junto a una de esas mochilas negras. Buscaron la mochila de la novia, pero fueron incapaces de encontrarla, de modo que supusieron que se la había llevado la marea. Así que juntos, Toni, Marta y Pol, vaciaron las suyas en busca de algunas respuestas que les indicasen que estaba pasando. Tenían todo lo necesario para sobrevivir al menos dos o tres días en aquel lugar. Además en cada una de las mochilas venía algo extra, algo único que no estaba en las otras.

Pol sacó de su mochila una linterna cuadrada. La encendió para ver si funcionaba, pero no emitió destello ninguno. Miró la bombilla, y esta refulgía en verde, pero no aportaba ninguna luz. La enfocó hacía delante, y cuando la movió el calvo pareció salir de su trance y le dirigió una mirada curiosa, como si por primera vez se diese cuenta de que el hombre estaba allí. Pol volvió a presionar el botón para apagarla, y el calvo dejó de prestarle atención. Se hizo de nuevo invisible para él.

Marta sacó de su mochila un cuchillo de caza de unos quince centímetros. Estaba muy afilado en uno de los lados, y en el otro lucía unos enormes dientes de sierra. La chica se miró en el reflejo brillante que el metal le devolvía.

Toni sacó un pequeño cuadrado plateado. Parecía un papel de plata doblado sobre sí mismo una decena de veces. Poco a poco lo fue desenvolviendo, y acabó descubriendo que se trataba de una manta térmica, plateada por un lado, dorada por el otro. Con el calor que hacía aquello le pareció la ayuda más absurda que podía conseguir.

El calvo siguió ajeno a todo y no miró en su mochila. En su lugar, Marta la cogió y tras inspeccionarla descubrió que no había nada extra en ella, a no ser por una doble ración de comida.  

Cuando encontraron las tabletas electrónicas dentro de sus respectivas mochilas, y leyeron “la carta” que contenía, todos se miraron en silencio durante un buen rato, entendiendo e intuyendo de forma terrible lo que iba a pasar en los próximos días. Aquella situación era de lo más extraordinario, pero no dudaron ni un momento que lo que allí se decía era verdad. Marta además, se entretuvo estudiando el mapa que también venía en la memoria del aparato.

—Pues, entonces... Quizá debamos ir juntos.— Para asombro de todos, fue Pol el que rompió el silencio. El matón parecía pensativo.
—Sí. Será lo mejor.— Asintió Toni. Ni siquiera había estado de acampada durante más de una noche en su vida, por lo que el tema de sobrevivir en la selva por sí solo, una rata de ordenador como él, le parecía algo fuera de cualquiera de sus capacidades. Marta asintió en silencio, sopesando todas las posibilidades que acababan de aparecer ante ella, desde luego no temía andar sola por la selva, pero prefería hacerlo en compañía.
—Dejaremos atrás al retrasado.— Dijo con indiferencia Pol.— Que se busque la vida, no pienso limpiarle el culo.
—Pues yo no pienso moverme de aquí. Esto debe ser un error.— Dijo Paula sin mirarles. Con furia contenida se alisaba la abultada falda de tul blanco sobre las piernas, arreglándose el vestido como si esperase volver a la iglesia.— Yo iba camino de mi boda... Y de repente... Esto. Ha de ser un error.

Los demás la miraban con lástima. Entendían que habían sido “elegidos” al azar, que aquella chica estuviese allí con su vestido de novia lo confirmaba. Toni empezó a contar que estaba haciendo antes de despertar aquí. No se había movido de casa en días, con la cara pegada a la pantalla del ordenador, debió cerrar los ojos, y al abrirlos se descubrió aquí. Las historias de todos eran similares.

—No vamos a dejar a nadie atrás.— Dijo Marta en tono severo. Todos entendieron que se refería al calvo, pero también lo decía por Paula.–Ya descubriremos lo que pasa en el centro cuando estemos allí. Además tenemos que ponernos en marcha ya. Haremos noche en la selva.  

Dicho esto volvió a ponerse en pie sacudiéndose la arena de la ropa con ambas manos, después hizo unos estiramientos de piernas, y se colgó la mochila a los hombros de nuevo. Marta ayudó al calvo a levantarse, lo sacudió también, y con gesto maternal le colocó la mochila a la espalda. El calvo empezó a seguirla sin más, aceptando todos sus gestos. Le miraba los pies, e iba dando saltitos tras  ella intentado imitar sus zancadas. Ahora la pierna derecha, ahora la izquierda. Toni intentaba convencer a la novia, pero esta seguía empeñada en no moverse de la playa. Pol se acercó por detrás, y cogiéndola por los brazos como a una muñeca la levantó hasta ponerla de pie sin el más mínimo esfuerzo, cosa que no era difícil para él ya que era un hombre bastante grande y ella estaba rechoncha y tenía cara de ratilla, no medía más de un metro cincuenta. Cuando Paula se dio cuenta de que en aquel asunto tenía las de perder, refunfuñando y maldiciendo por lo bajo, comenzó a caminar hacia los arboles con sus compañeros y con los zapatos de tacón en la mano. Empezó a llorar amargamente cuando se hubieron adentrado en la espesura y las capas de tul de su falda se hicieron jirones al engancharse entre la maleza.

Por fin se ponían en marcha, ahora tocaba seguirles y esperar su oportunidad. 

—¡Eh! ¿Quién hay ahí? —Gritó Pol de repente. Había estado nervioso desde que entraron en el bosque. Mirando a un lado y a otro, sintiéndose observado y perseguido. Y ahora, por el rabillo del ojo acababa de pillar a su perseguidor.  

“Mierda”, no podía dejarse atrapar. Esto se suponía que no debía suceder así. Echó a correr entre la maleza intentando hacer el menor ruido posible. Con suerte el tal Pol pensaría que sus sentidos lo traicionaban. 

—¿Qué pasa? ¿Has visto algo? —Preguntó Marta ante la reacción asustada del matón. Al igual que los otros no había notado nada, pero Pol se quedó quieto unos minutos, con los brazos caídos pero tensos y los puños cerrados. Había visto algo, sí. Pero lo que había visto, o lo que había creído ver no era posible. Marta se puso a su altura, mirándole preocupada. Pol dejó de prestar atención a la maleza. 
—Joder... Creo que he visto... —Se detuvo antes de terminar la frase, no parecía muy seguro de sí mismo.
—¿Qué? —Preguntó Paula desde más atrás. Todos podían ver que Pol estaba desconcertado.
—Nada, habrá sido cosa de mi cabeza. —Dijo sin más, girando sobre sus talones y volviendo junto al resto. Marta le siguió con gesto extrañado. No creía posible que alguien así se asustase por un “nada”.
Siguieron caminando durante unas horas más. De vez en cuando, Marta o Pol, iban consultando el mapa en las tabletas para saber cuando les faltaba para llegar al centro, y empezaban a sospechar que no llegarían ni en dos días. Y para añadir más emoción, la batería de las tabletas empezaban a morir, no alcanzarían ni hasta la noche. Desde hacía rato andaban por una zona bastante despejada, y el sol empezaba a sumergirse en el horizonte. Decidieron montar el campamento en un pequeño claro, encendieron una fogata en el centro, y se dispusieron al rededor. En todas la mochilas había raciones de sobra para la cena. Ninguno habló mucho durante el rato que estuvieron despiertos. Todos se estudiaban los unos a los otros. Pol, en su cabeza, estaba trazando un plan para lograr ser el único superviviente. Cuando todos se durmiesen, robaría el cuchillo de Marta, las raciones y el agua, y seguiría el camino solo. Los esperaría al final del trayecto, si llegaba mucho antes le daría tiempo a montar un par de trampas, y cuando ellos llegasen allí... Se recostó fingiendo estar dormido, el resto se acomodó también en el suelo mullido de hierba. Al poco rato podía oír las respiraciones pausadas de todos mientras dormían. Se incorporó haciendo el mínimo ruido posible. El primer objetivo era el cuchillo. Se rió para sus adentros pensando en la reacción de la chica al despertar. Entonces un guijarro cayó a sus pies. Venía desde atrás, de entre la maleza. Era evidente que alguien se lo había lanzado desde allí. Se quedó mirando hacía la espesura, pasado un momento un segundo guijarro salió de nuevo propulsado hacía él, impactando en su cabeza esta vez. Susurró un “¡ouch!” llevándose ambas manos al lugar donde había sido golpeado. Sin saber qué esperar dio un par de pasos hacia los arboles, quizás su plan de robo y fuga podía esperar a que le partiese la crisma al gilipollas que estuviese lanzado piedras. Cuando estuvo cerca de la vegetación la sensación de irrealidad que había experimentado al inicio de la caminata en la selva, volvió. De nuevo tenía frente a sí a alguien que no podía estar allí.  

—Ven aquí idiota, o harás que te maten.

De nuevo aquel sonido chirriante le martilleó el cerebro. Toni despertó de un sobresalto, no fue consciente del grito de terror que salió de su garganta, pero Marta sí. Aturdido y soñoliento cogió de nuevo los audífonos. Los miraba con gesto de extrañeza. Marta lo tomó con suavidad por las muñecas, ella le habló, y a pesar de que no podía oír lo que le decía, si pudo leer en sus labios un “¿Qué ocurre?”, colmado de preocupación. Con algo de pudor, trasteó los aparatos intentado que volviesen a funcionar con normalidad. Volvió a colocárselos.

—No pasa nada. Es que desde que estoy aquí estas cosas se han vuelto locas. —Dijo algo avergonzado. El rostro de Marta no cambió. Ella le miró con más atención. Marta empezó a acercarse despacio a él.
—¿Lo oyes? —Dijo la chica que susurraba desde su lateral derecho. Marta había situado su oído junto al de él, y parecía absorta escuchando el tenue murmullo que salía de su audífono.
—Sí, bueno. —Toni carraspeó un poco. —Ya te digo que no funcionan bien. Hay como... interferencias.
Marta cogió uno de los aparatos y se lo colocó en el oído.
—Es como la radio... —Dijo mirando a la nada, intentado concentrarse lo máximo posible en el ruido que emitía el aparato. Toni percibió entonces, que aquel siseo que sonaba como ruido blanco eran en realidad palabras. Con el dedo índice subió el volumen y entonces las oyó claras. Se trataba de una conversación indescifrable entre dos personas.
—¡Están hablando! —Emocionado subió también el sonido del audífono que Marta se había puesto, esta le devolvió una mirada entusiasmada. —Pero... ¿En qué idioma hablan?
–—No lo sé. No se parece a nada que haya oído antes. —Respondió ella. ―¡Eh! Chicos despertad, hay algo que...
Levantó la mirada hacia el campamento, pero con el susto y después la emoción no se había dado cuenta de que solo ella y Toni permanecían junto a la hoguera. No había rastro de los otros. Marta se puso en pie, inspeccionado mejor la zona, Toni la imitó sin comprender muy bien qué hacía.
—Es posible que se hayan marchado sin nosotros. —Dijo Toni. Aquella idea le agradaba más de lo que se atrevería a decir en voz alta. Pol le daba miedo, y Paula le parecía insoportable.
–—¿Con el calvito? Marta estaba segura de que algo no marchaba bien. —Me juego el premio a que no. Esos dos traman algo, y no será nada bueno. Vamos, hay que encontrarles.

Sin más se puso en marcha. Dio un par de vueltas al perímetro, y aún con la poca luz que daban la hoguera y la Luna, consiguió encontrar un rastro claro. A Toni le maravillaba cada vez más su pericia. La siguió como un perrito cuando se internó en el bosquecillo que quedaba a la izquierda del claro. Apenas habían caminado unos metros cuando un fuerte olor acre les goleó. Toni reprimió una arcada, mientras que la chica se limitó a poner una mueca de asco. Al final del camino de hojas aplastadas, el que Marta había definido como el rastro, se empezó a alzar un resplandor verdoso que se colaba entre la maleza e iba intensificándose a medida que se acercaban al lugar. El olor a vómito también iba creciendo.

Desde luego no estaban preparados para afrontar lo que había en aquella luz verde y fluorescente.

Apartaron las hojas con cuidado, y al acercarse la luz pareció vibrar, como si fuese consciente de su presencia. El ruido blanco en los audífonos se intensificó, junto con los incomprensibles murmullos, pero esta vez Toni no se sobresaltó tanto como las anteriores. Todo el conjunto era escalofriante. La luz emanaba de una masa medio  descompuesta que a su vez estaba cubierta de gusanos, todo envuelto en una gruesa pátina de baba. Toni se quedó petrificado a una distancia prudencial, Marta en cambio se acercó con paso lento. Frente a ellos y a contraluz, se recortaba la silueta de alguien que parecía estar sentado frente al grotesco espectáculo. Resultó  ser el calvo. Miraba divertido la escena. Con los dedos crispados cogía uno de aquellos gusanos, que también parecían refulgir con la misma fluorescencia, y lo apretaba hasta aplastarlo. Los restos del bicho le chorreaban dedos abajo hasta los codos. A él le parecía de lo más gracioso, ya que cuando el cuerpecito del insecto se colapsaba bajo la presión hasta que sus órganos y fluidos salían disparados al aire rasgando piel y carne, el hombre abría la boca y parecía reír a carcajadas. Unas carcajadas mudas y escalofriantes que hicieron estremecer a Marta. En un arrebato, la chica arrancó un ramillete de hojas y maleza de alrededor, y le limpió la mano al calvo. Toni al ver el gesto resuelto y maternal se preguntó si aquella mujer tendría hijos. Mientras eliminaba los restos de varios gusanos aplastados, Marta desvió la vista hacía la mole apestosa y brillante que tenían enfrente. Sin sorprenderse demasiado, pudo adivinar unas facciones ratoniles de lo que antes podría haber sido una chica arrogante e insoportable de un metro cincuenta y vestida de novia. Un ojo aquí, un brazo allá, unos rasgones de tul allí. Levantándose rápidamente, tiró de la mano del calvo, que obedeció al impulso poniéndose de pie y siguiendo a la chica, al igual que había hecho la mañana anterior en la playa.

—Ya no hay más que ver. —Dijo con tono grave. —Volvamos al campamento.
—Pero... ¿Y la novia? –Toni que no se había acercado a aquello, estaba desconcertado. —¿Y Pol?
—Eso es lo que queda de ella. —Respondió Marta señalando al montón de baba. —Y Pol me importa una mierda en este momento.

¿Aquello era Paula?”, la idea le cayó como un rayo. No por que acabase de entender que la chica había muerto, si no porque la idea del Juego se hizo muy real de repente. Todos podían morir allí. “Todos moriremos aquí”.

Sin más se dobló hacia delante y vomitó.

Continuará...


miércoles, 1 de febrero de 2017

Visiones

Un post de Balasero














El retoque fotográfico muestra esa "otra visión" de una imágen, la visión que el creador tiene de algo. En este caso nuestro colaborador Balasero se ha currado estas manipulaciones eligiendo como víctimas propiciatorias a dos jóvenes mujeres. Clara Verón y María Sihiro.


Pierced Girl - Clara Verón



Alien Girl - Clara Verón



Good Side - María Sihiro



Bad Side - María Sihiro



Two Sides - María Sihiro - Sihiro Mucic

Sabine - Parte 1 de 2

Un post de Balasero




















 Distrito de Berlín-Neukölln. Alemania. 19/07/2000. Miércoles. 02:20 am.



  —¡Vamos tía, me cago en la puta! —Rolf, de pie junto a la puerta del lujoso Masseratti amarillo, no paraba de mirar para todos lados mientras cambiaba el peso del cuerpo de una pierna a otra, marcándose un baile donde los nervios llevaban el ritmo. El aparcamiento permanecía a oscuras, lo que era una buena señal; estaba convencido de que si se encendían las luces le iba a dar algo. Aún con la capucha puesta y tras haber pintado con espray las tres cámaras de vigilancia que cubrían la zona, no las tenía todas consigo. Este trabajo en la zona pudiente del distrito no le había dado buena espina desde un principio.

  —Se supone que tú eres la habilidosa, ¿no? Estás tardando demasiado y nos van a enmarronar. ¡Coño! —añadió Dieter claramente nervioso. Agachado junto a la puerta del copiloto alumbraba a la muchacha con una linterna de bolsillo.

  Sabine, situada entre los asientos delanteros, se inclinaba de forma que la mitad de su menudo cuerpo quedaba bajo el salpicadero. Con la cabeza junto al volante manipulaba un amasijo de cables de colores que acababa de «destripar». Se escurrió un poco más para tener mejor movilidad y al hacerlo la minifalda de cuero verde se le subió casi hasta la cintura.

—Joder Dieter ya te dije que este modelo era muy chungo de levantar, dame cinco minutos más.

El rubio greñudo se quedó embobado mirando las braguitas negras de su prima y la redondez de su perfecto culito. Ahora no le corría tanta prisa terminar el trabajo. Enfocó directamente a las hipnóticas nalgas, divagando sobre todo tipo de actos incestuosos, hasta que vio a Rolf, devorando con la mirada el mismo trozo de carne, convertido también en un perfecto salido. Sintió entonces ultrajado el honor familiar. Una cosa es que la mirase él, a fin de cuentas era su prima y eso le daba ciertas licencias. Pero aquel capullo austriaco no tenía ningún derecho. Así que dejando apoyada la linterna de manera que siguiese ofreciendo luz a la chavala, se levantó y lo agarró por el pescuezo, susurrándole al oído en un marcado tono amenazador:

—Más te vale estar a lo que has venido puto capullo, como te vuelva a ver mirando así a mi prima te corto los huevos….¡Serás mamón! Le empujó con tal fuerza que el joven trastabilló unos metros y quedó de rodillas.

—¡Anda vete hasta esa esquina y no quites ojo! No sea que aparezca algún hijo puta y nos joda el curro.

 Volvió a la ventanilla del coche.

—¿Y tú cómo coño vas con eso, gatita? —preguntó sin quitarle ojo a la entrepierna de la muchacha, ahora despatarrada en una posición un tanto extraña.

—Ya casi lo tengo, primo. Creo que ya los he encontrado —probó la combinación que creía correcta, pero aquella tampoco resultó ser la buscada. Soltó un sonoro bufido de desaliento.

—Coño Sabine, que llevamos aquí más de quince minutos… ¡Coño, coño!… —Con cada «coño» estampó su mano abierta sobre la puerta; si aquel no fuese un encargo directo de Fatih, la mano derecha del jefe, ya se habrían dado el piro hace rato. Encendió un cigarrillo y se quedó mirando nuevamente el trasero de su prima. Desvió el fino haz de luz enfocando directamente a la vulva, que se insinuaba bajo la apretada braga.

 «Coño… coño»

—¡Déjate ya de tontadas y alúmbrame bien, que no veo una mierda aquí abajo!

El follón de cables que tenía colgando del salpicadero era considerable, probaba a frotar unos con otros, desechando y encintando a parte los ya examinados. Estuvo así otros cuatro minutos hasta que dio con la combinación exacta, produciendo la deseada chispa en el motor.

—¡De puta madre! —exclamó Sabine bajo el volante. La complejidad de aquel puto coche había conseguido agobiarla, los interminables minutos metida ahí abajo se le hicieron muy pesados, sin contar con la espalda que llevaba rato quejándose por la postura.

Dieter ya había abierto la puerta del conductor, contento como un crío tiró el cigarrillo con gesto nervioso.

—¡Vamos niña, quítate de ahí! Que esto ya es cosa del jefe.

—¡Te he dicho mil veces que no me llames niña!, que ya he cumplido los dieciséis. ¡So gilipollas!

—No. Desde luego que ya no lo eres. Vaya culito has echado. ¡Guau! —puso cara de malandrín y soltó una risita de hiena.

—¡Mira que eres mamón! —rió Sabine, dándole tres puñetazos en el hombro.

—¡Augh! ¡Para, pedazo de animal! —se quejó Dieter con falso enojo. —Anda, échale un grito al capullo ese, que nos las piramos.

—No corras tanto, Don prisas…

Sabine terminó de unir los tres cables encintándolos con meticulosidad, su primo pisaba el acelerador a cortos intervalos mientras buscaba a Rolf con la mirada.

«Pero dónde coño se ha metido el anormal ese» «No, si al final tenía que haberle hecho caso a Fatih. Ese tío no es de fiar, está claro que no se puede contar con él. Fijo que se las ha pirado el muy cagao».

—Rolf… Rolf… contesta, joder. ¿Dónde te metes? —llamó Sabine a media voz asomando la encapuchada cabeza por la ventanilla. Se estaba empezando a preocupar, ya que fue ella quien insistió ante Fatih para que les acompañara el austriaco. El chaval le caía bien y hasta le estaba empezando a gustar.

—Este tío se las ha pirao, lo que yo te diga, prima —Dieter quitó el freno de mano y movió la palanca de marchas—. Nos vamos, no pienso esperarle ni un segundo más. ¡Esto no es profesional, coño!

—¡Nadie va a ir a ningún lado! —bramó una recia voz con marcado acento.

—¡Unos putos críos no se van a llevar mi coche! —Gritó de nuevo el extranjero. El trueno de su voz amplificado por el eco del garaje encogió el corazón de Sabine.

«¡Me cago en la puta!...Ya nos han empapelao…»

Se hizo la luz en toda la planta del amplio y desierto garaje, cegando por unos momentos a los jóvenes ladrones, hasta que sus retinas se acostumbraron a las nuevas condiciones de luminosidad. No alcanzaron a ver a nadie…

«¿Dónde coño estás cabrón?»

Dieter echó mano a su arma, una vieja Luger de coleccionismo modificada para que se pudiese disparar.

—¿Pero qué coño haces primo... no pensarás…? —El susurro de Sabine fue acallado por unos pasos que sonaron demasiado cercanos.

Un enorme turco apareció tras la curva del pasaje que conducía a la salida de vehículos, vestido de pies a cabeza con chándal y zapatillas blancas, anillos y cadenas de oro. Llevaba a Rolf agarrado por la cabeza con el brazo izquierdo, mientras que con el derecho apretaba una enorme navaja contra su cuello.

—¡Ya os estáis bajando de mi puto coche, o este panolis no lo cuenta!

Rolf gimoteaba mientras era prácticamente llevado en volandas. Se detuvieron en medio del carril de salida. La navaja del turco se hundió levemente en la garganta de su prisionero, dejando brotar un hilillo de sangre que resbaló hasta perderse por el cuello de la chaqueta. Rolf emitió un sordo gemido mientras notaba cómo la vejiga se relajaba hasta liberar todo su cálido contenido, calentándole las piernas y formando un nauseabundo charco de humillación bajo él.

—¡Me cago en tu puta raza, y en tu puto meado, puto subnormal! —El turco dio un paso atrás, su fría mirada se tiñó de odio.

Sabine reconoció a  aquel tipo al instante, era Yusuf. Un narcotraficante con fama de ser un auténtico hijo de perra. Solía aparecer una vez al mes por el almacén del puerto para pillarle buenas cantidades de jaco a Hüseyin, y moverlo a través del entramado que tenía montado por la zona sur del distrito.

«¿Pero de qué coño va todo esto?» pensó desconcertada. «¿Qué puto sentido tiene que el jefe nos envíe a levantarle el coche a uno de sus mejores clientes?...¡¡Putos turcos!!»

Se escurrió hacia la parte trasera como una anguila.

—¿Pero dónde coño vas? —Dieter no entendió el movimiento de su prima.

—A ese tío lo conozco… hace tratos directamente con el gran jefe… no puede verme aquí, o se va a liar gorda. Me temo que nos la han jugado, primo.

—¡Me cago en la puta madre que me parió! —Dieter montó en cólera.

Él no pertenecía directamente a la organización de Hüseyin, simplemente hacía trabajos para éste cuando su prima le llamaba. Ella sí que estaba metida hasta el cuello, y lo estaba desde que escapó del orfanato con trece años. Fue recogida bajo la protección del jefe mafioso, que la cuidó e instruyó como a una hija propia. Siempre le había parecido una simbiosis anormal, que un turco despiadado y sangriento se preocupara de una niña blanca sin llevarse algún tipo de bonificación a cambio. Desde luego, y por su propio bien, nunca se atrevió a preguntar a nadie sobre esto. Las cosas eran así y así debía aceptarlas. Pero lo que no estaba dispuesto a aceptar era el dejarse joder por otro puto moro de mierda.

Apretó los dientes, pisó el acelerador y salió chillando rueda, dándole absolutamente igual que aquellos dos estuviesen en su camino; de hecho, si se los llevaba por delante aún mejor. El estado en que quedara el coche le traía sin cuidado, a pesar de saber que se la jugaba si lo entregaba en mal estado. A Fatih no le gustaban nada los errores, y todos sabían que el lugarteniente del gran jefe no era hombre de dar segundas oportunidades. Pero en ese momento solamente cabía una consideración: salvar el puto cuello.

—¡Pero qué cojones haces! —Chilló Sabine.

Yusuf, al constatarse de las intenciones de aquél blanquito, no se permitió el lujo de vacilar ni un instante. Con un limpio y rápido movimiento seccionó la tráquea de su prisionero y lo arrojó contra el coche que se le venía encima. Saltó ágilmente a un lado, evitando por centímetros el retrovisor, que fue arrancado igualmente por una columna. Rolf, en cambio, chocó brutalmente contra el faro derecho del Masseratti y voló hasta impactar sobre el parabrisas, expectorando grandes cantidades de sangre por la boca y por la mortal herida de su cuello.

Dieter perdió el control del deportivo, zigzagueó unos metros hasta chocar brutalmente contra la máquina de control de la puerta levadiza del parquin. El impacto dobló el morro hacia adentro, levantando toda la trasera del vehículo, que se mantuvo unos segundos en el aire. Sabine salió despedida, golpeándose con el asiento delantero, rebotó y fue a parar de cabeza contra el salpicadero, cayendo al instante en el profundo pozo de la inconsciencia. Su primo atravesó el agrietado cristal parabrisas, dejando medio cuerpo tendido encima del humeante capó. Abriendo el único ojo que pudo se encontró de bruces con la lúgubre mirada que se esbozaba en el exhalado rostro de Rolf. Intentó moverse sobre un manto de diminutos cristales ensangrentados, pero la sensación de cientos de agujas apuñalándole el cuerpo se lo impidió.

******

––Lo siento inspector, pero la paciente aún no se encuentra en condiciones de responder a ninguna pregunta.

Las palabras pronunciadas le llegaban como leves ecos de otra dimensión, irreales, fantasmales; ectoplásmicas cadenas silábicas sin demasiado sentido. Intentó abrir los ojos pero desistió por el gran esfuerzo que le suponía, y las contadas ocasiones que lograba conseguirlo, únicamente lograba atisbar un amasijo de sombras sin demasiado sentido.

Cuando esto ocurría se dejaba ir. Se abandonaba a aquellas presencias que una y otra vez volvían desde las tinieblas de su mente.

«Eres demasiado joven para ser vieja. No necesitas que te lo digan, quieres ver las cosas como son. Sabes exactamente lo que hacemos».

La cama le parece como una blanca barcaza fúnebre… pero no es blanca.

¿Por qué la recuerda blanca, si no es más que un inmundo catre tirado en el frío suelo de un oscuro sótano?

 ¿Porque aquello era un catre, o no lo era?

¿O acaso era un hueco desnudo en la tierra donde fue arrojada sin piedad?

Porque así se sentía, desnuda y fría, inmóvil como una raíz que asoma bajo la tierra removida. Sombras de otro mundo se movían a su alrededor, cayendo sobre ella para realizar extrañas prácticas.

«Solo haré esto, sobre todo haremos esto. Fui el gato que atrapó al ratón»

El olor… ese sucio olor indefinido… el olor del miedo… del sudor… de la humedad… el olor de aquellas sombras… ¿o era su propio olor lo que creía recordar?

¿Por qué era ese olor lo que más claramente le embriagaba desde el abismo?



Cavaban hasta lo más sagrado de su cuerpo de tierra mojada. Las raíces le hacían daño cuando arañaban su interior.

¿O eran mordientes gusanos, o escamadas serpientes que anhelaban con ahínco la humedad que guardaba bajo la primera capa reseca?

¿Estaba en un agujero, o ella era el agujero?

Esa hedionda sombra se le echaba encima cuando las serpientes, los gusanos y las raíces horadaban sin descanso, desecando la tierra de su cuerpo de polvo y piedra. Y esa sombra era la única que pronunciaba palabras en su arrastrado siseo de serpiente.

«Ahora los hurones harán sus nidos dentro de tu madriguera, y comerán de ti hasta quedar hartos y entonces, solo entonces, abandonarán tus restos. Solamente cuando ya nadie los quiera».

La oscuridad es tranquila… sucumbir a la tentación de caer en ella promete consuelo después del sufrimiento…

Hasta que despertó en la cama de aquel hospital…

El paisaje de su corazón se cubrió de nubes, lo encontró yermo, húmedo de agrias lágrimas de dolor.

Desde que aquellas malolientes sombras se llevaron el sol.

Desde que se enteró que tras ser dada por muerta la tiraron en una cuneta como se arroja la basura que ni las ratas ansían.

Desde que estuvo al corriente de que habían estado abusando de ella durante semanas, manteniéndola drogada con potentes sicotrópicos.

Desde que supo que el hilo de vida que la mantenía en este mundo no era la única vida que albergaba en su interior.
                   


                                                                                          Continuará...